lunes, 18 de septiembre de 2006

El cualquiera



Metamorphose. An object is cut off from its name,
habits, associations. Detached, it becomes only
the thing, in and of itself. When this disintegration
into pure existente is at last achieve, the object
is free to become endlessly anything.
(Jim Morrison, XLII, The Lords)


Ocurrió en un bar de una de las callejuelas afluentes de Gran Vía. Estaba sentado en la barra y me llamó la atención que no llamara en absoluto la atención de nadie. Por la noche, la gente se mira y se examina aunque sea durante unas breves milésimas de segundo alguna vez. Sin embargo, a él no lo miraba nadie (salvo yo, por supuesto). Era un cualquiera.
Su indumentaria era drásticamente normal, casi vulgar, al igual que su rostro que hubiera podido parecerse al de cualquier persona conocida o desconocida. Costaba mucho mirarle porque casi enseguida pasaba inadvertido.
Me acerqué a él y comencé a hablarle. Al principio tuvimos una conversación mundana, pero el calor del vino y el hecho de que su voz me resultara terriblemente familiar hizo que pronto cobráramos confianza, y le pregunté sin rodeos cómo había llegado a convertirse en un cualquiera. Lo cuál era obvio incluso para él mismo.
“Recuerdo haber sido alguien, aunque no recuerdo quién. Tal vez era tímido, aunque no lo tengo claro, y eso me condujo a tratar cada vez menos con el resto de las personas. Sabes bien, mi buen amigo (el pobre no debía haber tenido nunca un buen amigo) lo difícil que resulta mantenerse con personalidad entre esta gran multitud que habita hoy el mundo. Un día, unos me miraron con desprecio, confundiéndome sin duda, con otra persona a la que debían odiar. Aunque yo no los conocía de nada, les devolví la mirada -no me preguntes por qué- con la misma dureza con la que la persona con la que me confundían les hubiera replicado. Éste es mi último recuerdo de cuando yo era alguien. Desde entonces, paulatinamente, la gente dejó de tenerme en cuenta hasta que desaparecí de sus miradas. Así me convertí en cualquiera”.
No tenía conciencia de poseer algún nombre o apellido, lo cual no importaba, ya que nadie se lo preguntaba nunca. También se mostró extrañado ante la idea de documentación, que yo le planteé, y que le parecía algo oculto de una época remota de su vida que ya no era capaz de comprender.
Nos despedimos y lo perdí de vista más pronto de lo habitual porque era complicado distinguirle del resto de la gente apenas se acercó a la puerta del bar.
Lo que ocurrió después puedo narrarlo gracias a que, entre mis innumerables defectos, poseo la virtud de la memoria (sin pecar, os aseguro, de inmodestia) y quizás fuera ésta la causa de que llegara a conversar con el cualquiera. Por eso también, sólo yo ahora me doy cuenta de que Teseo, que hoy reina en nuestra ciudad, no es otro que el cualquiera que yo conocí en el bar; y que por fin ha elegido la persona que quería ser.
Teseo (que antes fue el cualquiera) fue alabado por los ciudadanos, tras percatarse de su condición de atenienses, hasta el punto de llevarle al trono de la ciudad, en la que hoy reina asegurando la paz y las buenas costumbres.
Pero a mí, me da miedo salir al laberinto de las callejuelas afluentes a Gran Vía porque temo que pueda encontrarme con el minotauro.

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