jueves, 7 de septiembre de 2006



Las Orejas y los Hombres

Es sabido por todos que las orejas son los únicos apéndices del cuerpo que nunca dejan de crecer. De hecho, cuando un hombre ha muerto y es enterrado con toda ceremonia bajo la tierra, sus orejas no dejan de crecer. Siguen aumentando de tamaño, esquivando a los pertinaces gusanos que tratan inútilmente de comérselas; pero, claro, el resto del cuerpo se pudre hasta que sólo queda el esqueleto. Es entonces, cuando las orejas se desprenden de la calavera y se arrastran sigilosamente en la oscuridad de las criptas, avanzando lentamente hasta el exterior.
Llegado este momento, las dos orejas se unen y tienen la apariencia de una macabra mariposa que se arrastra entre las flores en vez de revolotear sobre ellas; en busca del más sombrío rincón entre las raíces de los árboles. Y es allí donde anidan y se alimentan de su savia hasta que crece de ellas un nuevo hombre con la apariencia de su anterior dueño.
Estos hombres, nacidos de orejas y no de mujer, se pasean lánguidos y silenciosos por las ciudades, y a veces se cruzan con nosotros haciéndonos tener la momentánea sensación de haber visto a un amigo que hace tiempo que ya ha muerto.

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