viernes, 6 de octubre de 2006

"Million euro baby"


Periodismo es en último término y para la mayoría de la gente corriente contar algo que ha pasado y ya está. Vamos allá. El pasado martes a mediodía, horas antes de que Ratzinger me fastidiara la porra y nada más, el tumulto más fuerte de lo habitual de los chavales del instituto que hay frente a mi casa hizo que me asomara por la ventana. Los chavales, que me cantan villancicos en febrero porque nieva y no porque sea navidad, estaban congregados por más de un centenar alrededor de la verja de la entrada rodeando a dos chicas que discutían acaloradamente. Y tanto. Las querellantes, mientras el gentío las jaleaba --porque nadie, ni uno solo, ni entre los alumnos ni entre los viandantes, hizo lo más mínimo por separarlas-- decidieron pasar de la engarradiella a los hechos desmintiendo las teorías deterministas que encuentran el origen de la violencia en enzimas y hormonas casi en exclusiva propias del género masculino. Así, la más menuda de las dos le estampó a su contendiente un par de sopapos como los que sólo sabían dar los maestros de antaño. Los del presente, que seguramente hubieran hecho algo, no se pasaron por allí en aquel momento. Aquellas dos tortas sólo fueron el primer asalto. Como todas las peleas de verdad (no las que salen en la tele o el cine) la mayor parte del tiempo se gasta en insultos y ademanes y sólo un poco en los golpes. Una tercera (amiga de la ganadora del primer round) remató la faena con dos bofetadas más y, por fin, hubo separación por parte del público. Supongo que cosas así pasan casi todos los días, pero hubo un detalle final que nunca había visto. Después de ida la vencida, los compañeros de la ganadora le mostraron las fotos que habían hecho con el móvil de su pelea, como
un trofeo.

(Aquí me las den todas, publicado el ya lejano 22 de abril de 2005)

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