sábado, 14 de octubre de 2006

Una duda


Fray Agustín pasaba por ser el más sabio de los doctores de la Universidad de la castellana ciudad de X. Cada mañana, después de los rezos matutinos, repasaba las labores de sus criados, increpándoles en latín con alguna alusión a los clásicos romanos, a los que era muy aficionado, si no quedaba contento con sus trabajos. Más tarde, acudía a la Universidad donde impartía sus clases de teodicea con una gran erudición que asombraba hasta al más agudo de sus alumnos; por eso, cuando los primeros rumores sobre la aparición de un gigantesco insecto en la catedral llegaron hasta la Universidad, la decisión de apelar al criterio de Fray Agustín fue unánime.
El sabio doctor se encontraba repasando los textos de los principales autores de la patrística mientras paseaba por el claustro, deteniéndose de vez en cuando en el pozo del centro del patio, al embargarle la sabiduría de aquellos antiguos eruditos. De pronto oyó una gran alboroto procedente de los pasillos de la Universidad y vio como una multitud de estudiantes encabezados por el decano prorrumpían en el claustro empujando a un fatigado criado, mientras reclamaban el consejo de Fray Agustín. El docto profesor pidió calma a los presentes y, con su parsimonia habitual, preguntó al agotado sirviente cuál era la causa de aquella algarabía. El criado, jadeante, le explicó que había acudido corriendo a la Universidad en busca de una sabio ya que, uno de los monaguillos de la catedral había sido encontrado atemorizado detrás del altar balbuceando que acababa de toparse con una mosca gigantesca que zumbaba sobre las rejas del coro. El relato del muchacho fue confirmado por un peregrino que se hallaba orando ante una imagen de San Antonio y que, al levantar la vista hacia lo alto, había descubierto entre los nervios de la bóveda del templo al descomunal insecto, al que describió como una gran mosca que por su tamaño debería pesar al menos una arroba, y al que al alzar el vuelo produjo un zumbido tan fuerte que las cristaleras vibraron hasta que creyó que iban a romperse.
Al criado le había sido encomendada la misión de llevar un sabio cristiano a la catedral para confirmar el extraño suceso y ofrecer una explicación acorde con los escritos sagrados.
Los estudiantes que rodeaban a Fray Agustín y que habían escuchado el relato de la boca del criado, pero de forma más escueta, aludieron al buen criterio y profundo conocimiento de su maestro, hasta que el decano pidió silencio a los revoltosos alumnos y declaró solemnemente que Fray Agustín era el más apto de los doctores de la Universidad ara hacerse cargo de la investigación, y le pidió que acudiera personalmente a la catedral para cerciorarse de la veracidad de la historia, y presentar luego un informe ante el resto de los profesores de la Universidad.
Fray Agustín salió rápidamente del claustro, pero al llegar a la calle en dirección a la catedral aminoró su paso. Detuvo a un aguador para calmar su sed, a que la interrupción precipitada de sus estudios y el fantástico relato le habían dejado sin aliento, y el calor le había secado la garganta.
El erudito contempló la catedral a lo lejos mientras bebía tranquilamente su vaso de agua (nunca hacía nada con prisas), entonces comenzaron a asaltarle las dudas, ¿y si fuera cierto el relato del peregrino?, ¿qué podía significar esa alteración del orden natural?, ¿qué respuesta hallaría en los sagrados escritos, que tan bien conocía, en el caso de encontrarse con la monstruosa mosca?
Fray Agustín se encaminó a la catedral muy lentamente, pero se detuvo ante su puerta y comenzó a recorrer la plazoleta anterior a la fachada, dandole vueltas en torno al jardincillo, imbuido en sus reflexiones. A veces levantaba la vista y creía ver una sombra moverse entre los arbotantes de la catedral, pero siempre se decía a sí mismo que la edad comenzaba a hacer que le traicionase la vista. Finalmente, tras horas de vagar absorto trazando círculos alrededor de la plazoleta, la tarde cayó sobre él como una sombra de inquietud. Fray Agustín decidió volver a su hogar y alejarse de aquel problema que temía pudiera quebrantar sus convicciones y el prestigio del que gozaba la Universidad.
Decidió que al día siguiente calificaría de absurda la existencia de la mosca gigante ante el tribunal de los doctores, y pediría que se tomara como herejía la atribución de realidad al relato del peregrino, que sería convenientemente silenciado; estaba seguro de que sería escuchado favorablemente en la Universidad.
Pero, por la noche, cuando Fray Agustín apagó la única vela que había sobre su mesita para leer la Biblia, y su celda quedó en la más profunda y densa oscuridad, no pudo evitar que, antes de ceder al sueño, le recorriera el cuerpo un escalofrío de terror al mirar al techo e imaginar qué tremendo tamaño deberían tener las monstruosas arañas que pudieran devorar una mosca de una arroba.

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