viernes, 10 de noviembre de 2006

En realidad tenemos pocas luces


Contaminación lumínica

Quizá porque en España llegamos tarde a tantas cosas, en muchos pueblos y ciudades se identifica progreso con una farola cada dos pasos. Quien conozca ciudades como Londres o Roma se quedará impresionado por lo oscuras que parecen comparadas con las urbes hispanas. Pero eso tiene un precio, y no sólo en la factura eléctrica. A aparte del enorme gasto de energía que supone mantener tanta luz nocturna, hemos dejado de poder ver las estrellas por la noche. Si a un chaval urbanita le llevamos un día a un descampado puede flipar por ver que en cielo hay mucho más que la luna y la estrella polar. No se trata sólo de lirismo, los observatorios astrológicos –y todos, hasta el más pequeño, contribuyen en una red global a la detección de fenómenos en el espacio—pierden cada vez más capacidad de visión por tanta farola.

(La foto, del Smithsonian Institution, tiene con todo mucho interés. Se han sombreado en azul las siluetas de los continentes y, a parte de verse con toda claridad el occidente de Europa, llama la atención el trazo claro del Nilo, por las lucecitas de los barcos y las poblaciones de las orillas)

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