viernes, 22 de diciembre de 2006

Toros y ópera

Debate bobo en España sobre las corridas de toros porque la ministra de Medioambiente, Cristina Narbona, dijo que preferiría que no me matara a los animales al final de la corrida. Ahora cuando un ministro mete la pata se llama “era una opinión personal”.

Vanidad hispana: los aficionados a la tauromaquia dicen que, sin muerte, la “fiesta” (el entrecomillado es mío) no sería “nada” (el entrecomillado es suyo). Desconocen el increíble valor y arrojo de los forçados portugueses que detienen a varias toneladas de fuerza bruta de la naturaleza uniendo sus cuerpos en fila entre los cuernos.






El toro ocupa el último lugar de los animales maltratados que me preocupan, pero ocupa un lugar. No me gustan las corridas pero, sobre todo, no me gusta el mundo hortera, rancio y casposo que las rodea. Y aún así.

No soy partidario de prohibir los toros tajantemente. Dejemos que se apaguen solos, cuando la gente deje de ir a verlos. Por eso, que la administración no ofrezca ayudas públicas a la tauromaquia allí donde no hay tradición ni afición. Por ejemplo, Asturias y que los aficionados asturianos se lean a Jovellanos.

Arcadi protesta por este argumento porque sería como quitarle ayudas a la ópera o a la danza. Bien.
En Oviedo, la carcundia ha encontrado una piedra de toque en la ópera para cargar contra el Gobierno. La ópera de Oviedo es el único espectáculo para ricos en que se subvencionan las entradas y, aún así, sólo pueden verla los ricos. No basta la rebaja para rentas medias y bajas.
La ópera de Oviedo exige tradición y petrificación. Es como si nos pidieran ir a ver las obras de Aristófenes, no sólo a un anfiteatro de piedra, sino también vistiendo toga y túnica.

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