jueves, 25 de enero de 2007

Contra el buen salvaje


Disfrute de Apocalypto, la última peli de Mel Gibson que es, a mi parecer, el único carca que por lo menos tiene algo de audacia en sus creaciones. A mí me encantó que su Pasión se proyectara en latín y arameo, le da realismo a una producción que yo encuadro como una de las mejores películas de terror de los últimos años. La clerigaya española (y a mí me lo comentaron curas personalmente) estaba como loca con la película de Gibson, todo latigazos y clavos en la cruz, ofreciendo en realidad una reducidísima visión del cristianismo que se resume en: esto es un valle de lágrimas pero por mucho que llores nadie sufrió más que Jesús. Bueno, en realidad la cruz era algo muy duro (te morías por asfixia porque la posición de los brazos oprimía el diafragma y los pulmones, para tomar aire había que levantarse a pulso, como los gimnastas que hacebn el ángel en los aros, y eso no hay quien lo aguante mucho tiempo), pero yo les aseguro que las dictaduras latinoamericanas que gozaron de amplio respaldo católico en los últimos años del siglo XX se inventaron métodos muchos peores, mejor no entrar en detalle.


Me voy del tema. Esa clerigaya olvida que la mejor película sobre Jesús la hizo un ateo, homosexual y con aficiones comunistas como era Pasolini, que rodó la magnífica El evangelio según San Mateo. Y es la mejor, no porque lo diga yo, sino que es que también se la premió el Vaticano. Aunque sigo yéndome del tema.

A mí me gustó la Pasión (como Bravheart o El hombre sin rostro) porque está bien dirigida, independientemente de que su mensaje me parezca algo ultra.

Con Apocalypto pasa algo así. Es una espléndida película de aventuras, con una magnífica caza del hombre en la segunda mitad y los subtítulos no estorban nada. Ahora, ¿qué puede molestar a los pacatos de este filme? Pues que va contra la extendidísima figura de el buen salvaje, mito indigenista y de la neoizquierda europea que sostiene que todo el mundo era maravilloso y el paraíso en la tierra hasta la llegada del hombre blanco. En rigor, los protas de esta película son buenos salvajes pero los mayas son malvados, abyectos, secuestradores de inocentes, sangrientos ávidos de corazones, vengativos y corrompidos entre sus pirámides escalonadas. El fin de su civilización vendrá (con profecía de niña enferma que se cumple palabra por palabra) con la llegada final de los depredadores por antonomasia, los españoles en sus carabelas, trabuco y cruz para los indios. Lo que pasa es que Gibson tiene razón en que los mayas eran así, y pocos parecen querer reconocer que no ha habido una civilización inocente sobre la faz de la tierra.
Esta vez, bien por Gibson.

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