viernes, 26 de enero de 2007

La ley paya


Llegué casi al final de la entrevista de Jesús Quintero a Farruquito, mientras negaba el bailaor haber cobrado nada por acudir, o haber vendido nunca una entrevista, y por eso se preguntaba por qué la prensa se había ensañado con él. Dijo Farruquito que la pena de cárcel no era nada al lado del peso de su conciencia que nunca le dejaría de recordar lo que hizo mal. Pero ese Pepito Grillo es cojo, para ser conciencia de bailarín, y tardó mucho en susurrarle los pecados al oído de Farruquito que huyó tras matar al peatón, viajaba sin carné y trató de endilgarle el muerto a su hermano menor. No es que me hayas mentido, es que ya no puedo creerte, dijo Nietzsche.


Quintero, que es un entrevistador sobrevalorado (como tantos que funcionan bien en la radio, nunca debió ir a la televisión), le siguió el juego al bailaor con un poco de indecencia, bajo mi punto de vista. Antes de que empezara el juicio, uno de los de Ketama (ya no me acuerdo bien) se despachó con que a Farruquito lo acosaban por gitano. Malos payos. Pero la ley paya no existe, existe la ley que se debate en los parlamentos, se refrenda en los senados y aplican los tribunales. Es una ley que no distingue de razas ni sexos. Lo antiguo, lo racista, lo excluyente, es pedir respeto para una supuesta ley gitana que exige esposas vírgenes con pañuelos sangrientos de testigos.


Termina el programa de Quintero con la familia de Farruquito bailando y unos subtítulos que rezan algo así como "la vida sigue y los farrucos siguen bailando, que es para lo que nacieron". Yo sé que está hecho sin maldad, por un cierto romanticismo que atribuye a lo gitanos talentos artísticos de nacimiento que no conocen el resto de los seres humanos. No piensan que así se mantienen los prejuicios que impiden a los gitanos ser abogados, arquitectos, físicos nucleares o astronautas.


Una parte de mis ancestros fue campesina y otra or generaciones de herreros. Casi hasta el siglo XX cuando llegaron mineros y empleados de banca. Pero yo me gano la vida juntando palabras, no sé empuñar un martillo ante el yunque, ni segar con guadaña, no se entibar galerías y tampoco distingo bien las cuentas corrientes de las de crédito. Yo no nací para nada, y los gitanos, y los farrucos, tampoco.

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