domingo, 18 de febrero de 2007

Un millón de moscas


Guantánamo es un lugar donde a los detenidos se les aíslan los sentidos --yacen encadenados, con vendas en los ojos, auriculares en los oídos y una máscara sobre la nariz y la boca-- pero en el que cada celda tiene pintada en el techo una flecha que indica la dirección de la Meca. Esa cárcel es signo de nuestro tiempo porque facilitar las oraciones les compensa a algunos el no cumplir los derechos humanos.
A un lugar tan reverente, se envió a policías españoles, dice Arístegui, que en “misión diplomática” y no extraña porque para un campo de concentración sólo valen embajadas policiales. Rajoy --que llevaba una semana sin decir “disparate” ni “colosal”-- reunió sus palabras favoritas en una acción y pidió responsabilidades al ministro de ahora. Guantánamo es tan chungo y enfanga tanto que, hasta Garzón, que le gusta ir de abanderado del derecho internacional, se achantó y dice que no le parece nada “ilegal”. Y eso que últimamente por aquí todo el mundo se había apuntado a condenar el limbo tropical. Claro, hasta que le pillan a uno en un renuncio.
Guantánamo es tan temeroso de dios que, quien se acerca, deja de ser hombre y se hace pecador. Por eso no hay aquí nadie inmaculado y en el Gobierno se resisten a entregar todos los documentos sobre los vuelos de la CIA que tan diplomáticamente hacían sus recesos de parada y fonda en los aeropuertos españoles. La moraleja de esta historia es como esa frase de coman mierda que millones de moscas no pueden estar equivocadas.
(Aquí me las den todas, 18-2-07)

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