domingo, 8 de abril de 2007

Suicidas contra kamikazes


Un vicemariscal de la aviación británica le preguntó la semana pasada a uno de sus pilotos si estaría dispuesto a suicidarse estrellando su avión contra un objetivo terrorista para evitar un atentado. "Después de usted", respondió el piloto a la propuesta kamikaze y hasta le pidió que se estrellara él primero para ver cómo hay que hacerlo.
Hay quien ve una desventaja en el apego de los soldados occidentales a la vida frente a la querencia por la inmolación de los fanáticos religiosos. Pero no es así, ni siquiera un tema de este siglo. Ya Ernst Jünger en El nudo gordiano cita las reflexiones de los cruzados sobre el aparentemente imbatible poder de El viejo de la montaña , líder de una secta de mercenarios, fanatizados por el hachís (y de ahí viene nuestra palabra asesino) y que farda de su fuerza ordenando a uno de sus seguidores que se arroje desde una torre. Para los que no sean de leer ensayos alemanes --para los que saben de La muerte de Ases , no por estudios musicales, sino por el Adagio Karajan , y a mucha honra-- un episodio tal cual se reproduce en la película Conan, el bárbaro , con Talsa Doom como líder religioso.
Jünger se acordaba de los kamikazes japoneses y los comparaba con los torpedos humanos alemanes que, al final de la guerra, se lanzaban contra los barcos aliados eso sí, con un dispositivo para tratar de escapar en el último momento. Pero eso fue en el bando que perdió la guerra y harían bien los analistas de hoy en recordarlo.
En realidad el tipo que se vuela por los aires ya ha perdido. No queda nada para él en esta vida que es la única que hay, y de la que van a disfrutar los que nunca se suicidan. Los que deciden quién tiene que lanzarse a una muerte segura, siempre los otros.
El viejo de la montaña vivió hasta los 90 años y sus últimas palabras fueron "Nada es verdad. Todo está permitido". Sus suicidas nunca pudieron oírlas. Que lo hagan los que piensen en inmolarse hoy en día.
(Aquí me las den todas, 8-4-07)

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