domingo, 27 de mayo de 2007

De vacas y hormigas


Un paisano que lleva a pacer a las vacas se siente, con razón, el amo del prado y no se da cuenta de que, bajo los tacos de las madreñas, rige un imperio de hormigas. Hay espacios de dominio que se superponen sin problemas y otros en los que es necesario hacer valer nuestra ley.
Camino de la casa al trabajo y de vuelta luego por la noche transcurren buena parte de los minutos de mi tiempo.
Tantos y tan dispersos que sólo sumándolos se aprecia su volumen, como hacen las estadísticas médicas cuando miden y restan los que se me escapan mientras me fumo un cigarrillo; o los que calculan los años de la vida que pasamos dormidos, como si fuera menos cierta la vida despierta que la que vamos soñando.
Y no es así. En ese ir y venir del tajo al sofá paso casi siempre por dos pasos cebra. Uno, que siempre se respeta, de la Escandalera a Fruela; y otro, que aún con semáforo mantiene las leyes de la selva, desde el Filarmónica a la sede del Sespa (pero esto es circunstancial, y podría valer con otras calles y otras plazas, para cualquier otra ciudad).
La diferencia entre los dos casos se reduce simplemente al empeño de los peatones, que en un lugar es continuo y en el otro nulo, abrumado por la velocidad de las máquinas.
Hay días como hoy, con los semáforos de nuestro lado, para tener el empeño de determinar nuestro espacio. Lo importante es distinguir que las hormigas no se ordeñan y las vacas no cavan túneles.



(Aquí me las den todas, 27-05-07)

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