viernes, 11 de mayo de 2007

El lado oscuro. Día 1




















Siento una perturbación en la Fuerza. Algo que no había sentido desde… por lo menos cuatro años. Recién llegado de Tatooine, he aterrizado en este primitivo territorio del que la computadora de mi nave me informa que es un Principado pero elige en elecciones a sus gobernantes. Quizá estén relacionados con los habitantes de Naboo, el planeta de la princesa Amidala, y, sin embargo, la manera de hablar que tiene la gente de por aquí me recuerda más bien a la de mi viejo maestro Yoda, “¿dijotelo él?”, “canseme de mirate”, cosas así.
No, esto no pertenece a mi galaxia. Para pasar desapercibido entre los indígenas, me he buscado un atuendo local, una prenda azul con un símbolo amarillo que parece que emociona bastante a los naturales del lugar. En anticuadas pantallas de las tabernas los he visto agitar banderas semejantes para animar a un ídolo local, un corredor de carreras de vainas que ni vuelan ni nada.
En todo caso, se notan la ira y el miedo más fuertes que de costumbre, parece un buen lugar para hacer crecer el lado oscuro. Sagazmente disfrazado con mi prenda azul, y después de ocultar mi nave en un lugar seguro, he decido acercarme a la ciudad para conocer mejor las costumbres de este pueblo. Quise tomar un transporte público, como el común de sus habitantes, para acercarme al núcleo urbano así que me senté a esperar en un banco con techo de plástico transparente y con paneles que tenían signos de que era el lugar correcto para tomar un medio de locomoción. Esperé quince minutos. Después media hora. Dos horas más tarde una mujer que pasaba por allí me dijo que perdía el tiempo esperando porque había una huelga de transporte. Quizá me he equivocado al pensar que la ira y el miedo que he sentido se debían a los comicios de este planeta. Quizá sólo es rabia de transeuntes. La mujer me dice que lo mejor que puedo hacer es tomar un medio alternativo que se llama taxi.
El trayecto a la ciudad se me hace corto pero intenso, el conductor ha intentado darme conversación hablando de no sé qué equipos de no sé qué deporte, pero cuando ha visto que yo no conocía el tema se ha callado y ha encendido un aparato de transmisión de sonidos a través de ondas. Menos mal, yo no estaba equivocado. Aunque la huelga de transporte haya podido interferir en los sentimientos de odio, los mensajes que pude escuchar en la emisora despejaron todas mis dudas. El lado oscuro vibraba alto y claro en la voz que salía del aparato. De vez en cuando, el conductor asentía con la cabeza y luego me dijo que todo era una conspiración. Me alarmé un poco porque pensé que me habían descubierto así que, cuando me pidió el dinero por la carrera, además de utilizar mis poderes Jedi para que se olvidara de cobrarme, traté de influir en su mente para hacer borrar de su memoria nuestro encuentro. Se fue tan contento, aunque después he pensado que seguramente no iba por mí.
Ya en la ciudad he confirmado que todo está a punto para que comiencen las elecciones. Aunque el primer ritual es una pegada de carteles en la madrugada, me ha hecho gracia que los contendientes se muestren tan orgullosos de sus pequeños avances tecnológicos. Sitios en una internet prehistórica, breves comunicaciones a través de unidades celulares personales, personalidades paralelas en espacios virtuales… Por lo visto, me han dicho que hace muchos años las elecciones llenaban las calles de papeles que luego había que recoger en la basura. Creo que no se han dado cuenta de que en las computadoras que utilizan para hacer llegar sus “modernas” comunicaciones electorales también hay una papelera. Normalmente en la parte baja de la pantalla.

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