domingo, 23 de diciembre de 2007

El canon de la mesta


Da igual cómo se haya portado en el último año. Primero Papá Noel y luego los Reyes Magos traerán los regalos más caros. El canon digital, que trata como sospechosos a todos los usuarios, pone unos céntimos de más a cada precio, por si se le ocurre utilizarlo mal. Se paga por adelantado el presunto delito; respecto a la propiedad intelectual, todos somos culpables hasta que se demuestre lo contrario.
Y no se trata sólo del pago por si acaso. La ley ha llegado a valorar peligrosas prerrogativas para las entidades de gestión de los derechos de autor, como guardianas de lo que se hace en internet; y son un tribunal implacable, que condena al limbo a los disidentes.
Alaska criticó una vez los integrismos antipiratería y vió como sus discos desaparecían de las estanterías, pero no por la afluencia de fans, sino por el boicot de los comerciantes.
Y no hay defensa ni a izquierda o derecha. La primera apoyando el canon para lograr el aplauso de los que dicen vivir de los aplausos del público; y Rajoy, que con su repentina oposición ha visto crecer su popularidad en la red por un asunto que no comprende, carga contra la copia privada para atacar un canon que defendió en el gobierno.
A estas alturas del siglo y del impulso tecnológico, partidos y entidades de gestión afrontan la nueva era como la Mesta llegó a la revolución industrial, como acumuladora de privilegios de un antiguo régimen, pendiente de mantener cercados sus rebaños de borregos, ajenos a las posibilidades del nuevo mundo.
(Aquí me las den todas, 23-12-07)

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