domingo, 9 de diciembre de 2007

Tráfico filosófico


Por fin ha entrado en vigor la reforma del Código Penal que contempla penas de cárcel para los excesos de tráfico. Digo por fin porque llamar otra cosa que no sea asesino a quien conduce borracho a más de cien kilómetros por hora es un eufemismo muy caritativo, casi como llamar "cese temporal de la convivencia" a un divorcio.
De momento, y según, La Voz de Asturias, la reforma ha dado frutos tempranos: diez detenidos asturianos en cuatro días, todos por pasarse de la tasa de alcoholemia.
Y, sin embargo, la mayor parte de los comentarios a la noticia son protestas de tan dura ley; algunos seguros de que no se deja correr lo suficiente y otros convencidos de que poner multas es el vicio oculto de todo policía. Se diría que, en la lotería de desastres que ocurren en las carreteras, son muchos más los que temen que les pillen en un renuncio con dos copas de más que los que piensan que un imprudente se los pudiera llevar a ellos por delante.
Este desequilibrio de aprensiones haría las delicias de los socráticos porque, entre los asturianos, son muchos más los que creen que es peor cometer injusticia que padecerla. ¡Ah!, pero no porque se conviertan en injustos sino porque la posibilidad de quedar gravemente herido o inválido parece lejana e irreal frente al desembolso de unos miles de euros. Pues, al final, hemos tenido que amenazar con el talego, porque en materia de tráfico no hay otra filosofía que la de que el hombre, cuando se monta en un coche, es un lobo para el hombre.



(Aquí me las den todas, 9-12-07)

1 comentario:

Small Blue Thing dijo...

Ya era hora, sí señor...