domingo, 14 de septiembre de 2008

El caso Bunbury


Tiene razón Enrique Bunbury cuando, para defenderse de la acusación de copiar versos de Pedro Casariego, dijo que "dos frases no hacen un plagio". Claro que no, de lo que aquí hablamos es de un caso de no atribución de la autoría; hubiera bastado con citar la fuente, con eso se contentaban los herederos del poeta. El caso de Bunbury resulta especialmente interesante en un tiempo en que la industria discográfica ha marcado a buena parte de la población joven como responsables de la desaparición, no sólo de la música, sino de la misma cultura. Sí, hay mucho adolescente que se baja canciones de internet, pero aún no hemos dado con ninguno que se atreva a decir que eso que escucha en su mp3 lo compuso él mismo. ¿Es menos creación intelectual hilvanar unos versos que componer una canción?
Fuera del establishment de las sociedades de autores, pululan por la red escritores, fotógrafos, todo tipo de artistas que ofrecen libremente sus obras y sólo piden que se les cite como sus creadores. Si no se respeta eso no sé con qué cara se puede llamar pirata a quien comparte sus archivos en la red. Bunbury se ha ofendido porque le llamaron copiota. Imagínate Enrique que cada día te llamaran ladrón y asesino del arte por ver una película en versión original con subtítulos. Imagínate más. Que un grupo de ancianos poetas, la mayoría sin haber escrito nada en muchos años, controlaran cada verso y cada declamación para pasar factura; y que como la gente le tiene afición a las rimas, cobrara un plus por cada folio, cada bolígrafo, cualquier medio que sirviera para reproducir la poesía. La vida real.



(Aquí me las den todas, 14-09-09)


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