martes, 7 de julio de 2009

¿Cascos? No, gracias


Al fin y al cabo, la mejor manera de zanjar un debate sobre centrales nucleares es preguntar a sus defensores si les gustaría que les construyeran una al lado de su casa. Pues algo así pasa también con el culebrón sobre el regreso de Álvarez Cascos a la política activa, porque no sería muy agradable en general para la nación, pero resulta especialmente tóxico si se refieren a que vuelva en Asturias, donde está mi casa.

Cascos se insinúa en La Nueva España (no podría ser de otra manera) y aduce a su manera razones "técnicas" para su vuelta, tal que la extensión temporal de Garoña, ahora que todos ya habíamos dado por terminado este negocio y creíamos que en el PP asturiano estarían buscando energías alternativas.

Pero no, gracias. Y por muchos motivos. Primero porque el exvicepresidente y exministro de Fomento demostró en sus largos años de responsabilidades políticas que es bastante nocivo. Nunca tuvo el menor respeto por las instituciones asturianas. No lo tuvo en las legislaturas en las que le tocó coincidir con un Principado dirigido por el PSOE (y en el que aprovechaba las vacaciones de Aznar para averarse a Asturias, siendo así presidente en funciones y pudiendo pasar por protocolo por encima de cualquier cargo autonómico); pero es que tampoco lo tuvo durante la única en la que gobernó el PP y que terminó con la fractura de su partido, el nacimiento de una efímera formación regionalista y un periodo de inestabilidad política en la Junta General. Cascos siempre ha tenido un particular confusión a la hora de entender la diferencia entre lo público y lo privado; eso o es un impostor. Recuerdo haber visto en la sede de IU en Oviedo una fotocopia de uno de los primeros carteles electorales de AP con Cascos a la cabeza en los primeros 80 (si alguien lo tiene escaneado que me lo envíe, por favor) en el que se destacaba entre los puntos de su programa la defensa del concepto cristiano de familia. Era el tiempo en que se debatía la ley del divorcio, norma que Cascos, con la fe del converso, se ha dedicado después a aplicar con más esmero que sus autores, creo que ya lleva dos. Por si fuera poco, el día en que nos anunció que dejaba la política, abrigado por la compañía de sus hijos y reclamando todo ofendido un respeto para su vida privada, eligió para hacer su anuncio la sede de la Delegación del Gobierno en Asturias, como si fuera un acto oficial, ¿en qué quedamos, ho?

Por supuesto, sería de necios negar que Cascos es muy popular (en los dos sentidos de la palabra) en Asturias. ¿Cómo no? Durante los 8 años de gobierno conservador en España se dedicó con cuidado de relojero a construir su leyenda como un nuevo Jovellanos, para ello llenó Asturias de un sinfín de primeras piedras, muchas de ellas lamentablemente sigue ahí solas esperando la segunda. Quien siguiera los anuncios de los hitos de Cascos ya fuera en LNE o en la delegación de TVE dirigida por Ovies creería sin duda estar ante una brillante superproducción hollywoodense, plena de efectos especiales, y así se lo tomó mucha gente. Desgraciadamente los que vimos cómo se rodaba la película de cerca podemos dar cuenta de que se trataba de una historia casposa y cutre, era Paco, pero Martinez Soria; y buena parte de los logros en infraestructuras de Cascos en Asturias se limitaron a seguir las líneas ya trazadas por Borrell. Eso sí, obra suya y de nadie más es la prórroga hasta el año 2050 del peaje en el Huerna, la única salida por autopista desde Asturias a la meseta. Menudo Jovellanos.

Pero nada de esto es realmente importante frente a lo que representó Cascos en Asturias durante su etapa en el Gobierno; y fue la conversión servil de una parte tan grande de la sociedad asturiana que se entregó a él como un señor feudal, al que se concedieron todo tipo de insignias doradas (la castaña de oro, la faba de oro...) recuperando la espórtula del tiempo de los romanos. Cascos estuvo en un tris de convertirse en un auténtico cacique del Principado, con el que toda información era propaganda, al que había que acudir en tributos personales de devoción para que se corrigiera una rotonda o se arreglara un puente. Y no se trata tanto (que también) del sistemático apoyo de sus medios afines, sino de la facilidad con la que tanta gente común dejó de pensar que determinadas infraestructuras eran justas reivindicaciones para su bienestar y pasó a considerarlas dádivas que concedía la gracia del ministro. Eso es una culpa colectiva, de la mansedumbre en la que caen los asturianos aunque les guste verse como muy aguerridos.

Que Cascos vuelva o no es cosa suya y no es tan grave. Si lo hace y gana en las urnas habrá vuelto en buena lid; será cuestión de tiempo que se valoren adecuadamente sus aciertos y equivocaciones. Pero la sumisión de la sociedad, la pérdida de conciencia civil para abrazar una red clientelar de favores y prebendas tarda muchas generaciones en subsanarse. Como la radioactividad que contamina por los siglos de los siglos. No, gracias.

1 comentario:

Small Blue Thing dijo...

Muy bien escrito el post, apañero. Respecto al efecto pepero-retorno... "Ah, infeliz. Sólo ahora, al final, es cuando lo entiendes".

Una de Madrid.