jueves, 19 de noviembre de 2009

Es Cars

A la pregunta de ¿Qué peli de Pixar se convertirá antes en un clásico? los lectores de este blog han respondido:

--Toy Story (I & II): 23 (79%)
--Cars: 3 (10%)
--Monstruos S.A: 6 (20%)

Bueno, sí. Tenéis razón, la doble entrega (a la espera de la tercera) de aventuras de los juguetes de Andy es una maravilla, yo diría que ya es un clásico del cine de animación, o del cine a secas, por sus muchísima virtudes. Pero, con todos los matices que haya que poner a lo que voy a decir, Toy Story es una película que disfrutan (aún) más los adultos que los niños; nos hechiza porque nosotros jugamos con juguetes como esos, nos es más fácil identificarnos con ese paraíso perdido de la infancia que nunca volverá. Voy a ser hereje, el futuro es Cars.



Quien tenga hijos me comprenderá. Cars es una de las películas que más veces he visto en mi vida, es mano de santo para cesar terremotos infantiles, tiene algo hipnótico para los que miden menos de un metro. Al principio (y es curioso ya que hablamos de Toy Story) pensé que Cars era una producción pensada para vender juguetes, metros de estanterías en todas las jugueterías avalaban esta hipótesis. Pero no fui justo, lo sé después de haber visto el filme varias decenas (quizá ya alguna centena) de veces.

El argumento de Cars arranca en la carrera final de la Copa Piston, a la que han llegado empatados El Rey, ganador durante muchas temporadas, el eterno aspirante y malvado Chic Hicks, y nuestro héroe Rayo McQueen, un talento natural del motor a quien le pierde la soberbia. Tal es así que por ahorrar tiempo en los boxes sólo reposta combustible y no cambia las ruedas; de manera que a falta de unos metros para la meta, pincha dos veces y sus dos rivales superan su gran ventaja y entran juntos en la meta. No se ha producido el desempate así que la organización decide que se celebrará una carrera entre los tres aspirantes en el plazo de una semana. Rayo parte rápido camino de California, donde tendrá lugar la carrera, pero un incidente nocturno --debido, de nuevo, a su falta de consideración con el prójimo-- le hará perderse y verse detenido en Radiador Springs, donde terminará siendo condenado a asfaltar la carretera principal del pueblo.

El contraste entre el mundo de las carreras --moderno, veloz, tecnológico-- y el de Radiador Springs --aburrido, abandonado, obsoleto-- es vital en la película. La semana de condena de Rayo le servirá para un doble descubrimiento: la historia del pueblo, antaño boyante cruce de caminos pero hoy abandonado por culpa de la autopista (un carreta que corta la tierra en lugar de amoldarse a ella), y el pasado del juez de Radiador Springs, Hudson Hornet --Paul Newman en la versión original--, que en realidad es una gloria de las carreras en los años 50, desengañado por la banalidad de ese mundo. Rayo conocerá el amor en la figura de Sally (la fiscal del pueblo) y la importancia de ayudar a los demás. En plena ceremonia de reconciliación con los habitantes de Radiador Springs y a punto de besarse con Sally, Rayo es descubierto por la prensa y llevado en volandas a California. Hudson Hornet les ha dado el chivatazo.

Llega la carrera final y Rayo --que siempre había mostrado una cabeza fría en la competición-- está desorientado y confuso, no deja de pensar en los amigos que ha dejado en Radiador Springs. De pronto aparecen en sus boxes (Rayo estaba solo porque su equipo le había abandonado por insufrible) y todos tienen su pequeño papel en la trepidante remontada del protagonista. La carrera está decidida, de nuevo a falta de unos metros Rayo se dispone a ganar la Copa Piston, Chic Hicks se resiste a quedar una vez más por detrás de El Rey y lo empuja violentamente fuera de la pista, en el linde de la meta Rayo ve el accidente del rival y frena. Retrocede, ayuda a El Rey a terminar la carrera, Chic gana sin honor, y Hudson Hornet se ve redimido.

La moraleja es que no importa tanto ganar como hacer las cosas bien, y que incluso una derrota honorable es mejor que una victoria ganada de malos modos. Hay también un cierto mensaje ecologista (que abarca tanto a un entorno como a sus moradores), se enfatiza el respeto por la experiencia y la amistad. No creo posible un lectura socioeconómica a través de los patrocinadores de los protagonistas contendientes. Si bien a Rayo lo patrocina la cutre y familiar empresa de Crema Medicinal Rust-Eze; y a Chic Hicks el banco HTB (es decir, Hostile Takeover Bank, esto es, el Banco de la Opa Hostil); a El Rey y con quien sueña correr Rayo, le promociona la empresa Dinoco, claramente una petrolera de la que es propietario un tejano con cuernos de vaca en el capó. Algunas curiosidades de la película son este tema rap (que escuchan los coches tuneados que provocan que Rayo se pierda y termine en Radiador Springs) que no recoge la banda sonora original; o que, en su alocución ante los seguidores de Rust-Eze, cuando Rayo se queda callado alguien desde el fondo grita ¡Free Bird!. Una broma americana que no se puede traducir (¡que cante!, dicen en la versión doblada) y que, por lo visto es muy común por allí, se trata de pedir esta canción de Lynyrd Skynyrd en cualquier evento público aunque no venga a cuento.

Gran virtud de la película es la maravillosa antropomorfizazión de los coches, con algunos estereotipos muy logrados como la furgoneta hippy Filmore, o el vendedor de neumáticos italiano Luigi. No sé, algo tiene que encadila a los enanos, y el caso es que crecerá una generación entera con el cálido recuerdo de las animadas aventuras de Cars, abonado en los dulces ensueños de la primera infancia. Así nacen los mitos, amigos.

Y sí, este post es una gran chapa, pero a mí --que tengo que ver la película cada día, y creo que por unos cuantos años más-- me ha servido de catarsis personal. Perdón, por el peñazo y muchas gracias.


1 comentario:

Lordo dijo...

La fecha de la entrada es falsa. Lleva mucho tiempo entre los borradores. ;)