martes, 19 de enero de 2010

Dios odia a los pobres


No cerramos bien el tan interesante debate teológico que sugiere el terremoto de Haití y que tan oportunamente introdujo el obispo de San Sebastian. No lo hicimos bien porque tampoco nos planteamos las preguntas correctas, ¿porqué el seísmo ha castigado a los más pobres, no ya eligiendo uno de los países más desgraciados del planeta sino, además, de entre sus habitantes cebándose entre los más desfavorecidos mientras respeta a los pudientes?

Por supuesto no se trata más de que una falla atraviesa la ciudad de Puerto Príncipe y, mientras los pobres viven en condiciones deplorables, los ricos cuentan con mejores medios para hacer frente a cualquier desastre natural; pero no íbamos a hablar en términos racionales sino teológicos. Venga.

Ha tenido su minuto y 19 segundos de gloria a cuento de este terremoto el telepredicador Pat Robertson que achacó el drama de Haití a un supuesto pacto con el diablo establecido por los decimonónicos esclavos negros para librarse de los franceses. Pat es un cafre pero es más honesto que el obispo Munilla. El evangelista concibe un dios todopoderoso que no se desentiende de nada de lo que ocurre en el mundo así que, si los haitanos se chuparon un seísmo de fuerza 7, por algo sería. Ocurre en general con todos los creacionistas, fanáticos pero al fin y al cabo los últimos religiosos honestos porque no se apean de la literalidad de su texto sagrado (y harán todo lo que diga, incluso cosas que se contradicen con otras cosas, como dice Ned Flanders), lucharán contra cualquier evidencia, contra todo con tal de mantenerse fieles a la escritura. Tendrían gracia si no fueran realmente peligrosos porque de lo que trata realmente la batalla creacionista no es de si el hombre convivió con los dinosaurios ni de si el coxis tiene restos de la cola simiesca de nuestros ancestros; no. La guerra creacionista es por toda la agenda que viene detrás, una estricta moral conservadora que empuje a las mujeres al lugar que les corresponde (la cocina), no haya más sexo que la postura del misionero dentro del matrimonio y se organice la sociedad en una teocracia en la que ellos recibirán sus justos diezmos.

Volvamos a los no tan aparentemente ridículos. Los católicos españoles, representados por Munilla, no podrían sentirse identificados con Pat Robertson (al fin y al cabo es un hereje). No, ellos creen que el seísmo tiene causas naturales, aunque también en un dios omnipotente. ¿Y entonces? ¿por qué no uso sus superpoderes para detener el temblor de la falla? Dios no se mete en esas cosas, nos dirán. Observa, conmovido, todo lo que ocurre en este mundo, y sabrá dar a cada cual lo que le corresponde el día del Juicio Final. Estos creyentes son más arteros que Robertson. ¿Creen entonces en el mismo dios tan implicado del Antiguo Testamento?, ¿se aburrió del tema después de la llegada del Mesías?, ¿todo tendrá sentido al final, tanta sangre, tantas lágrimas de niños, tanto dolor extremo? Es una ocurrencia malvada y me recuerda a los sacrificios humanos aztecas. ¿Hizo dios este mundo con terremotos, lo que hizo fue empujar la materia en el Big Bang y luego dejó que se arreglara la física?, ¿hasta dónde están dispuestos a retroceder la mano de dios para justificar su indiferencia? ¿son conscientes de que se están contradiciendo con sus textos sagrados?, ¿por qué eso debemos tomárnoslo como metáfora y no sus terribles mandatos sobre el sexo y la moral?

Para ser el dios que hizo decir a su hijo que antes pasaría un camello por el ojo de una aguja que entraría un rico en el Reino de los Cielos, el humor divino es realmente negro. No solo mueren los más pobres, sino que les pasa por la cara los cruceros de lujo en plena catástrofe. Los más simpáticos de todos los creyentes (por abreviar, los cercanos a la Teología de la Liberación, o la llamada Iglesia de base), tienen aquí su oportunidad. Son los más cercanos a la verdad --porque la verdad es que hay que confiar antes en los cimientos bien encofrados y en los antibióticos que en las oraciones-- y serán de los que, antes de dar la tabarra con el rosario, podrán la venda al herido y darán de beber al sediento. Pero seguirán sin explicar a qué viene tanta indiferencia de las placas tectónicas. Y sin responder a estas preguntas serán exactamente iguales que aquel legado papal que, en la cruzada contra los cátaros, ordenó arrasar una ciudad y matar a todos sus habitantes (albigenses o no) porque dios sabrá reconocer a los suyos.

La foto, de The Big Picture, del Boston Globe. Si te conmueve más (incluso en el plano teológico) la pobreza espiritual de la que hago gala en este artículo que la mano muerta de ese niño; no tengas dudas, eres un miserable.

1 comentario:

natxox dijo...

Qué mala suerte tenemos, hay un terremoto en Haití y a mí se me pierde el bolígrafo.