viernes, 12 de febrero de 2010

Nuevas meninas


Llegó la hora de darle cera a Marichalar a cuenta de su divorcio, tanto que le han retirado la figura del museo del ídem. Salió el muñeco con escarnio de programas del cotilleo que le siguen llamando "Don Jaime" pero ahora con recochineo. Será un tiempo de exceso de habladurías catódicas pero tanta desmesura no va a equilibrar el silencio católico.

Será por refranes --quien calla, otorga; uno vale más por lo que calla que por lo que dice; el hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras-- pero la Iglesia española, que brama por las separaciones de los plebeyos, no dice ni mu sobre el divorcio real, bien dosificado desde la "suspensión temporal de la convivencia". No se escuchan amenazas de negar la comunión a los implicados en la ruptura de tal sacramento; y eso que bien que hablaron cuando nos planteamos quitar el crucifijo de los juramentos de los ministros en la casa del rey. ¿Se saben los obispos su propia doctrina, saben distinguir los ritos insustanciales de los siete que, según ellos, son misterio de la gracia divina? No lo sabemos, no dicen nada. Está la Conferencia Episcopal hecha un museo de cera en este asunto, todos cirios negros que arden callados.

Aparte de supersticiones, la marcha de Marichalar pone de relieve la hipocresía absoluta de las grandes empresas que se le disputaron como consejero ejecutivo y hoy le repudian como un paria. ¿Cumplió bien sus servicios, cuáles fueron? El Marichalar de cera que va transportado por dos operarios camino del almacén dibuja por completo unas Meninas de la monarquía contemporánea. Siempre en la frontera entre los intereses públicos y los privados, ajena a la transparencia fiscal, que trasnocha en parrandas de sala vip de discoteca pero quiere madrugar para ir a misa los domingos. Lo que pueblo, plebeyo él, llama ir de empalmada. Pero no hay un Velázquez que nos lo pinte. Seguimos siendo el perro o el enano del cuadro.


1 comentario:

Fet dijo...

Brillante post, señor mío. Brillante en todo cuanto de metáfora de lo cotidiano escenifica. Me quito el cráneo.