miércoles, 5 de mayo de 2010

Monstruos modernos


Nos dicen: “Es necesario apaciguar a los mercados”. Las bolsas están nerviosas, los rumores hacen que se desplomen, especuladores sin nombre apuestan al fracaso de países enteros y luego juegan todas sus bazas para que se cumplan sus lucrativos pronósticos. Es preciso calmarlos, nos repiten ya todos los expertos de forma unánime, dicen que hacen falta sacrificios para saciarlos. ¿Cuáles? A los monstruos antiguos sin rostro, a los dragones, se les entregaban vírgenes doncellas; pero eso hoy es una ordinariez y algo demasiado fácil de comprar para el moderno leviatán que nunca necesita pagar en efectivo porque sus tarjetas de crédito se aceptan en todos los bazares. No, los sacrificios que exigen son mucho más mundanos, que se bajen los salarios, que se rebajen los derechos laborales, que la edad de jubilación se extienda hasta rozar la esperanza de vida.
Los economistas, los tertulianos, todos repiten la misma consigna, que es necesario hacerlo, que no hay escapatoria, no habrá otro modo de que dejen de zarandearnos. ¿Quieren decir entonces que de nada sirven nuestros parlamentos, lo que decidimos en las urnas, ni nuestras leyes? No, son otros los que deben decidir cómo se construye la sociedad que vamos a habitar y su legitimidad no se basa en ningún proceso electoral de ningún tipo, ni siquiera en el menor argumento racional. Hay que hacer lo que hay que hacer por puro terrorismo, porque si no se toman esas medidas nos vapulearán hundiendo nuestras arcas públicas. Es simple y llanamente un chantaje, una pistola cargada y puesta en la sien. Lo increíble es que tanta gente defienda ya a cara descubierta que debe gobernarnos y decidir nuestro futuro un oscuro grupo de plutócratas en vez de nosotros mismos, no sé si se acuerdan, de esa forma que se llama democracia.
La bolsa española se desplomó ayer por un rumor sobre la fantástica necesidad del país de requerir un rescate de 280.000 millones de euros. Una información falaz que, pese a todo, ha podido cumplir con precisión sus propósitos de terrorismo financiero. La crisis es un golpe de Estado para aniquilar la menor posibilidad de que la voluntad popular pueda regular racionalmente el funcionamiento de los mercados. ¿No? El origen de la crisis está en la especulación financiera con paquetes hipotecarios que se sustentaban en la nada y que arrastraron todo a su paso cuando de derrumbó su fraude piramidal; ni uno solo de los economistas, de los tertulianos, ni de las agencias de calificación que hoy proponen seguras recetas de prosperidad dijo una palabra en su contra. No lo hicieron por un prejuicio dogmático, el de que la libertad de mercado, su mano invisible, no podía equivocarse jamás. Pero eso es como tratar de que los adultos sigamos creyendo en los Reyes Magos y el ratoncito Pérez; es como si la NASA enviara sus naves al espacio no en función de cálculos orbitales sino de si los astronautas que las pilotan nacieran bajo el signo de Sagitario y Géminis. Incluso los más sesudos y convencidos expertos liberales reconocen que los mercados funcionan a base de miedo e imaginaciones, con sus fantasías ganan y pierden millones en unas pocas horas. Pero las consecuencias de sus actos son pavorosamente reales para el común de los mortales: paro y miseria.
Sí que es verdad --como tanto nos repiten-- que los gobiernos, también el nuestro, se han demorado demasiado y no acaban de tomar decisiones ejecutivas. Pero se equivocan en el objetivo. Lo que ya no se puede aplazar no es ninguna reforma laboral sino el sometimiento de esa bestia en que se ha convertido el mercado. En las historias de monstruos antiguos sin rostro el final feliz no llegaba cuando se entregaban las vírgenes doncellas sino cuando el héroe les cortaba la cabeza.



No para cualquiera (05-05-10)

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