lunes, 7 de junio de 2010

¿Y la reforma empresarial?


Previsiblemente, el día en el que la selección española debute en el Mundial de Fútbol se habrá anunciado la reforma laboral decretada por el Gobierno. Se conocerán entonces los detalles, porque por activa y por pasiva ya se ha repetido que incluirá un nuevo tipo de contrato en que se reducirán las indemnizaciones de despido de 45 a 33 días. El paso siguiente y lógico es la convocatoria de una huelga general, no puede ser de otra manera. En pocos casos se hará más evidente el tópico clásico del mundo como representación, como un escenario de teatro en el que cada cual hemos venido a cumplir un determinado papel. Los sindicatos no pueden no convocar esa huelga, la izquierda sociológica no les perdonaría jamás que no hubieran levantado su protesta de mayor calibre ante una reducción semejante de derechos laborales; la derecha sociológica --y sobre todo la mediática-- caería sobre ellos como una jauría si no lo hacen, recordándoles a dentelladas la huelga contra el decretazo de Aznar, y que hasta ahora hayan comulgado con un 20% de paro. Sirva de consuelo de tontos este mal de muchos, esa jauría no cejará su acecho con una huelga y sabrá jugar perfectamente el doble juego de despreciar sus efectos y, a la vez, regodearse en el daño que pueda hacer al Ejecutivo. Probablemente la huelga no sea un gran éxito y no será así ni por su coincidencia con los meses estivales ni con cualesquiera de los avatares que nos depare el Mundial de Fútbol. Será un acto más de este peculiar haraquiri que está cometiendo la izquierda ante esta crisis, un auténtico golpe de Estado de los mercados a fuerza de terrorismo financiero, al que, por lo visto, asiste de miranda.
Pero vamos al comienzo de este asunto, que era la reforma laboral, y que pese al tropel de celebraciones que la auguran también será un fracaso. No puede ser de otra manera, la reforma se nos presenta como la solución al grave problema de desempleo que hay en España pero no puede ser eficaz porque no apunta a sus verdaderas causas, o al menos, no a todas. Se nos dice que el mercado laboral español es rígido, que resulta “excesivamente caro” el despido y, sin embargo, es un dato evidente que dos millones de personas se fueron a la calle en apenas unos pocos meses y, en realidad, sin que apenas costara un duro dejarlos sin empleo. A la gran mayoría le bastó con no renovarles su contrato temporal, quizá de meses, quizá de semanas o días. Nada, cero, no hubo el más mínimo coste para la patronal en elevar la tasa de paro hasta la estratosfera porque el modelo de crecimiento económico de la última década se basó en la precariedad.
Y no sólo en materia de contratación; sino también y especialmente en materia de sueldos. Ahora buena parte de los popes económicos recomienda a España que modere o reduzca sus salarios para ser más competitivos. ¿Cuánto más? ¿A dónde podríamos llegar si el mileurismo --al que se ha condenado a la primera generación con suficientes individuos titulados y políglotas de la historia de España-- se forjó en una supuesta época de vacas gordas? Le están diciendo que se aprieten el cinturón a mucha gente que había llegado hasta aquí con la hebilla en el último agujero. ¿Productividad? Somos el país en el que más empresas contrataron a titulados para ejercer en puestos por debajo de su nivel de formación; en el que apenas ha existido la inversión en investigación y desarrollo, en el que los becarios sirven para cubrir las bajas por las vacaciones de verano, en el que se prefiere que un empleado cubra de sol a sol un irracional horario de oficina mirando las musarañas de la pantalla, antes de que haga algo productivo en pocas horas y disponga de más tiempo para formarse.
Lo cierto es que la patronal española es tan poco emprendedora, tiene tan poca iniciativa, que ni siquiera se ha esforzado lo más mínimo en lograr el menor acuerdo en la negociación de esta reforma. Apenas se disimula que se les hace la boca agua pensando en que las medidas que anhelan puedan ser impuestas por decreto, es un sector que no quiere hacerse responsable de absolutamente nada. Resulta casi poético --pero de lírica gótica tenebrosa-- que esta reforma vaya a lográrseles por la cara de la mano de quien ahora es su presidente, un empresario chanchullero y defraudador que adeuda millones a sus trabajadores y a la Seguridad Social. No extraña que Gerardo Díaz Ferrán haya sido respaldado por sus colegas hasta la náusea y hasta el final de este proceso; es ejemplar para todos ellos, el modelo que más abunda.
Un ejemplo especialmente sangrante es el maltrato que se ha dado en los últimos años, y que ahora se quiere ampliar aún más, a los auténticos esclavos del siglo XXI, a los inmigrante irregulares. Hablamos de un país que debe buena parte de su desarrollo más reciente a trabajadores que no podían permitirse el lujo de preguntar ni el horario ni el sueldo que iban a cobrar. Ahora muchos ayuntamientos amenazan con delatar a los inmigrantes sin papeles que tienen empadronados, ya no los quieren. ¿Por qué no se ha delatado a los empresarios que les dieron trabajo pero sin contrato ni ningún tipo de derecho laboral? Ellos han sido los ilegales de esta historia, estafando primero a los inmigrantes --a los que se debe muchísimo del crecimiento económico pasado-- pero también a los nacionales porque se le obligó a competir con los desesperados; y también a las arcas públicas, porque todo el producto de ese trabajo se ha perdido por los desagües de la economía sumergida, que se calcula es alrededor del 20% de nuestro PIB. ¿Se va a arreglar algo de esto con la reforma laboral?
Es obvio que no, y hasta podríamos aceptar que estas reformas puedan tener algún efecto beneficioso pero se quedarán necesariamente cojas si no se acompañan de una reforma empresarial, una en la que no se premie sino que se castigue a quien incumpla la ley y estafe al erario público. No servirá de nada regular un nuevo tipo de contrato si se sigue permitiendo que buena parte de la actividad de las empresas la realice gente sin contrato, ninguna empresa llegará a nada sino tiene una plantilla mínimamente estable con unos objetivos claros y en los que los beneficios se inviertan en desarrollar su producción y no en un Ferrari para el dueño. Resulta fundamental que se persiga con rigor el fraude y facilidad con la que los negocios se mueven en el mercado negro porque, además de ser un robo para el conjunto del país, se está penalizando a quien sí se esfuerza por cumplir la ley. Por encima de todo, resulta imprescindible que los verdaderos emprendedores dejen de permitir que los mangantes les usurpen el nombre, porque a fuerza de dejadez ya no podemos distinguirlos.



No para cualquiera (07-06-10)

1 comentario:

Anónimo dijo...

mierda