domingo, 18 de julio de 2010

Cascos for the lulz



En apenas 15 días el futuro político de Asturias se ha escrito y reescrito, al menos, un par de veces. Hace una semana, el actual presidente, Vicente Álvarez Areces, anunciaba que no repetiría como candidato en las próximas elecciones autonómicas, deja el paso al actual secretario general de la Federación Socialista Asturiana, Javier Fernández, que se postulará de forma inminente, probablemente hoy. También hace una semana que la formación nacionalista Bloque por Asturies abandonaba el gobierno autonómico después de que se aprobaran las medidas de ajuste presupuestario en el parlamento regional y queda en el aire el futuro de su alianza con Izquierda Unida que ha durado dos legislaturas. A un año de las elecciones pocos parecen haberse dado cuenta de que en los últimos siete días se cerrado un ciclo político en Asturias y se ha abierto uno totalmente nuevo. Ninguno de estos asuntos ha tenido la menor repercusión en el resto de España ya que la política asturiana se corresponde muy bien con el caso del increíble hombre menguante; con apenas un millón de habitantes y la población más envejecida del país (el censo electoral es de 900.000 personas) el peso de lo que ocurra en las trastiendas políticas asturianas respecto al resto del Estado es puramente simbólico. O no, veamos.

Para el PSOE se cierra una larga etapa de arecismo --concluirá tres legislaturas como presidente-- marcadas por el abandono de la economía industrial hacia el sector servicios y el inicio de gigantescas infraestructuras --algunas realmente imprescindibles como el nuevo Hospital o el tren de alta velocidad-- que no han concluído. Areces tiene en su haber un sentido del trabajo rayano en lo patológico (es un político puro, presidente las 24 horas del días) y en su debe un no siempre disimulado concepto autoritario del poder. Del relevo, Javier Fernández, suelen hablar más quienes menos saben. Es serio, de la tradición obrerista del socialismo asturiano más arraigada en la cuenca minera; y --como la mayor parte del PSOE asturiano, no ciertamente el nacional-- un jacobino.

IU tiene en Asturias uno de sus bastiones de invierno y, pese a todo, no logra detener la ruina de sus muros, si en un tiempo fuertes hoy desmoronados. Apenas se conoce más allá de la Cordillera Cantábrica que la coalición ha participado en el gobierno autonómico durante dos legislaturas, con muchos problemas, con muchos aciertos, pero, sobre todo, con mucho desgaste. Buena parte del electorado de IU jamás comprenderá (ni perdonará) que gobernar siempre significa traicionar algún principio programático que hasta ayer era irrenunciable. Es parte de su grandeza, pero también de su miseria. El partido comunista asturiano se halla completamente fracturado, desmantelado por haber servido de campo de batalla en la pasada e inútil guerra entre Llamazares y Paco Frutos. Pero sobre todo, IU ha sufrido la pérdida de población de Asturias, que en los últimos años perdió por ese motivo un diputado en su representación en el Congreso y que hace mucho más difícil que la coalición obtenga representación parlamentaria. Bloque por Asturies se va y nadie sabe qué pasará con ellos. El nacionalismo asturiano podría perfectamente lograr uno o dos diputados en el parlamento regional pero está completamente fragmentado, atomizado en decenas de grupúsculos que se odian entre sí, es exáctamente el caso que se parodia en La vida de Brian de Monthy Phyton con el Frente Popular de Judea. Todos los nacionalistas asturianos se consideran disidentes entre sí.

Pero todo esto es un largo prolegómeno ante de hablar de la noticia más importante para el futuro político asturiano inmediato. La revuelta del PP local contra Francisco Álvarez Cascos. El fantasma de la posible candidatura del ex ministro lleva un año (al menos) recorriendo Asturias. Siempre en un tono perdonavidas, haciéndose de rogar, sugiriendo que son masas las que aclaman su regreso y prácticamente exigiendo que acudan los vasallos del PP regional a rendirle pleitesía en su aposentos del exterior para retomar el mando y proceder a un nueva reconquista por la nueva España. Y lo cierto es que tiene posibilidades, Cascos es un ídolo entre el electorado conservador asturiano, con una imagen hábilmente edificada durante su etapa al mando de Fomento como señor feudal hacedor de proyectos para el Principado. Pura propaganda en realidad, pero de la buena, de la que cala más allá de los militantes convencidos hasta ese extraño y decisivo terreno de los llamados indecisos que son los que hacen ganar o perder elecciones. Pero hemos dicho posibilidades, no certezas. Los voluntariosos fans de Cascos creen que su candidatura es un apuesta ganadora segura y sin riesgos; no es probable que sea así. Cascos levanta pasiones de todo tipo, a favor pero también en contra y es de los que movilizan a gente que se quedaría en casa pero acudirá a las urnas con tal de no verle en el sillón presidencial. La chulería (y es extraño en un pueblo tan vacuamente arrogante como el asturiano) se paga cara en Asturias, así le ocurrió al alcalde de Oviedo, Gabino de Lorenzo, en las elecciones generales y su candidatura como diputado. Sin más programa que una boina en la cabeza se estrelló con la realidad de que Asturias es mucho más grande, variada y cosmopolita que la provinciana capital de Vetusta. Fue un duro golpe (quizá el mayor) para un De Lorenzo que hasta entonces contaba sus victorias por mayorías absolutas.

Los apoyos a Cascos se jaleron desde la base y contaron en determinados momentos con el apoyo explícito del presidente del PP asturiano, Ovidio Sánchez y del mismo alcalde de Oviedo, quizá en parte desbordados por los acontecimientos. Pero todo era una historia muy rara. Cascos sugería que quería presentarse pero no lo decía cuando le preguntaban, Sánchez llegó a plantear su candidatura a Rajoy en Madrid pero "no de forma oficial". De Cospedal fue interrogada cada fin de semana sobre el mismo asunto durante los últimos meses para dar siempre las mismas largas y ambiguas respuestas. Lo cierto es que, excepto sus seguidores acérrimos, nadie le quería. No desde luego en el PP nacional, donde se le valora más como un problema que como una solución. Los desprecios públicos de Cascos hacia Cospedal y otros miembros del equipo más cercano de Rajoy han sido antológicos; en Génova se temía que se hiciera fuerte en el norte un metabarón incontrolable en un momento en que Rajoy tiene a su mayor enemiga al frente de la Comunidad de Madrid y su mayor aliado --en Valencia-- podría terminar juzgado por graves casos de corrupción. Tampoco en Asturias, en las juntas locales del PP, Cascos es amado con devoción. En Gijón, donde empezó de concejal, levantó peleas épicas que terminaron con su anuncio de que se daba de baja en partido local; con Oviedo --aunque sin el escándalo de Gijón-- también ha tenido sus agarradiellas; y lo cierto es que cuando rompió el PP asturiano durante el gobierno de Sergio Marqués --la única etapa de gobierno conservador en Asturias durante la democracia-- los orígenes de la polémica --que terminó con la fractura del partido y la aparición de un nuevo grupo regionalista-- se reparten por igual entre las querellas por inversiones reclamadas por Oviedo frente a Gijón y una debacle de su entorno personal provocada por su primer divorcio. No era ningún secreto, más bien una amenaza evidente cacareada por sus afines, que si el ex ministro volvía pretendía pulirse a buena parte de la dirección del partido en Asturias. En la crisis con Marqués, Cascos dijo entonces que prefería "un partido sin gobierno antes un gobierno sin partido". Detrás de él no va a quedar ni lo uno ni lo otro.

El miércoles llegó un comunicado de las juntas locales del PP asturiano --de Oviedo, Gijón, Avilés y Mieres-- respaldado por la dirección regional y por Nuevas Generaciones que acusaba a Cascos de dividir y de provocar una nueva ruptura en el partido; se remontaba incluso a la crisis con Sergio Marqués para hacer suyos --de repente-- los argumentos que cargaban la responsabilidad de la ruptura del PP en el ex ministro en vez de en Marqués. Ha sido un auténtico golpe, un giro inesperado que pilló desprevenidos a propios y extraños, pero sobre todo a los propios. Los afines a Cascos todavía dudaban el miércoles de la veracidad del comunicado de las juntas locales; el resto de la semana se han dedicado a lamerse las heridas y rumiar una venganza que se adivina cada vez más improbable. Los partidarios de Cascos, salvo los muy conocidos, hablan ya desde el anonimato, dicen que el líder no se rendirá y plantará batalla. Los fans de internet despotrican contra la dirección asturiana del PP y ruegan porque en Madrid se ponga orden, desconociendo que lo más seguro es que el acuerdo entre Génova y Oviedo para el veto se haya fraguado hace tiempo con un conviente reparto en la ingesta del marrón. Hoy el PP asturiano está dividido; si Cascos tratara de llegar a ser candidato apelando a las bases, la ruptura sería total.

Y con todo, el desastre presente no es pequeño. La esperanza y el afán de movilización del votante popular en Asturias --muy desencantado, en contraste con el votante del PP a nivel nacional-- se apoya en en esa candidatura milagro de Cascos. En nada más, el PP asturiano no tiene ninguna propuesta, ningún programa electoral que ofrecer, se jugaba toda la apuesta a la baza del hombre fuerte, del candidato providencial. Donde antes había ilusión ahora hay furia hacia una dirección regional a la que se acusa de apoltranados. En Asturias, el PP ha sido víctima de su campaña de desprestigio de la política, del "todos son iguales". Su electorado ha asumido ese mensaje y el de que no importa ni el programa ni las propuestas, pero se lo acaba haciendo pagar porque no le pusieron delante el muñeco que le prometían. Quizá el gran beneficiado sea UPyD, que por otra parte demuestra que, al menos en Asturias, está lejos de ser un partido de centro y se prepara para heredar a la derecha.

Qué ha llevado a Gabino de Lorenzo a renegar de Cáscos, ese es el misterio de este asunto y por lo que ahora se sugieren todo tipo de cábalas, a cada cual más oscura que la anterior. Mejor será esperar a que se develen más adelante, salvo para los creen en los horóscopos, y no es mi caso.

El veto a Cascos tiene una virtud para el ex ministro que, lógicamente en el calor del momento, ni él ni sus acérrimos pueden ver: el mito sigue vivo. Cascos podría haberse presentado a las elecciones y ganar; o podría haber perdido y tendría ante sí la perspectiva de estar sentado cuatro años en el escaño de la oposición de un parlamento pequeñín que nunca aparece en los medios nacionales. Creo que no habría aguantado dos meses, y que si perdiera, dejaría definitivamente Asturias que, en fondo y en realidad, sólo le interesa para pescar salmones. Puede seguir trolleando. Pero, por ahora, for the lulz, nada más.

1 comentario:

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