lunes, 23 de agosto de 2010

Naciones obsoletas


Después de la sentencia del estatut catalán y tras las reacciones histéricas por la prohibición de las corridas de toros en esa comunidad se adivina que en los próximos meses los debates sobre soberanía e independentismo van a protagonizar buena parte de la agenda política. Será después del verano, pero unos y otros ya se van helando el corazón. Los hay que creen que ha llegado la hora de la separación, con referendos y Kósovo en el horizonte; los hay que anhelan el imposible regreso a una España única y cañí sin matices. Los hay, en ambos lados, que defienden su postura de buena fe, aunque la mayoría lo hace como un número de saltimbanqui que distrae mientras prepara el de las fieras. Todos, también los que tienen honestas convicciones, se equivocan.
Si la crisis ha traído alguna enseñanza, y seguramente de este tipo de letra que con sangre entra, es que el Estado Nación está obsoleto, y lo están lo mismo las pequeñas naciones que se sueñan homogéneas que las más grandes que se pretenden nación de naciones. Ninguna, ni las antiguas ni las modernas, ha podido mantener su soberanía frente a eso que solíamos llamar mercado y hoy se ha convertido en un leviatán ciego que dicta sus criterios por la fuerza con amenazas de quiebra y miseria. Ningún estado puede decidir hoy por sí mismo su política económica sin temor a represalias; y pensar que alguna independencia llegará de fragmentar alguno de ellos es una infantilada. También lo es pensar que regresar al centralismo supone alguna defensa contra el poder de los especuladores sin patria. O construimos una cosa mayor y más fuerte, una Europa de los ciudadanos, o terminaremos siendo súbditos feudales de las multinacionales; aunque nuestros amos, para divertirse, dejen que nos llamemos a nosotros mismos españoles, vascos, catalanes o asturianos.



No para cualquiera (23-08-10)

*La foto, bandera del imperio bizantino, de la serie Banderas de países olvidados.


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