domingo, 1 de agosto de 2010

Por los cuernos






Para discutir la resolución del parlamento de Cataluña sobre la prohibición de las corridas de toros, cada cual ha lanzado un capote que cada uno embiste con gusto sin querer ver el estoque que se oculta detrás. Hay honrados defensores de los animales que han celebrado sinceramente la abolición de la muerte de los toros en la única plaza que quedaba en Barcelona; otros no, no han sido honrados ni sinceros. No lo han sido desde el momento en que pactaron una estrategia para terminar ahora con las corridas mientras se permiten los correbous que también son formas de tortura de los mismos animales aunque se trate de festejos (por llamarlos algo) que no terminen en muerte. Supongo que han calculado distintos grados de sufrimiento para hacer aceptable que el toro acabe arrojado al mar o con los ojos quemados por el fuego prendido en sus cuernos, que las banderillas y el picador.
Y esto sólo pensando en los promotores de la iniciativa. Que haya habido parlamentarios que entiendan una cosa como una bárbara costumbre foránea, pero la otra una cálida tradición del terruño, es una muestra de un cinismo y una hipocresía con muy pocos precedentes para comparar. Pero como aquí a la desvergüenza la miramos mal si camina sola, han acudido pronto en el PP para acompañarla recuperando los tópicos más casposos y cutres de sangre, arena y pasodoble como quintaesencia de la patria. Lo que nos faltaba era que volviera a defenderse esa idea repugnante de que sólo hay una forma de ser español, por el imperio hacia dios. Y todos debemos ser amantes del toreo; y por supuesto católicos, y --cómo no-- viscerales y apasionados, y flamencos, celosos, vagos y bajitos. A estas alturas. Muy contadas personas nos hablan estos días de toros, los demás disimulan desde el burladero, ya sea en el lado de sol, o el de la sombra de la plaza. No quieren, por supuesto, coger el toro por los cuernos.

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