martes, 31 de agosto de 2010

¿Por qué lo llaman sexo, cuando quieren decir moral?

Copados los viernes, los sábados y los domingos para los días de sermón de los principales monoteísmos del planeta, el diario El País parece haber elegido los martes --día que los romanos consagraron al dios de la guerra, ¡qué cosas!-- para sus predicaciones de moralina. Al menos, van dos martes seguidos.

La semana pasada con De trapos y siliconas, artículo de Gabriela Cañas en el que la autora trataba de convencernos de que tan malo es el burka como ponerse tetas y, de paso, trata de colarnos un mensaje sobre el decoro. Particularmente, me llamó la atención este párrafo: "(...) la incoherencia de las sociedades de cultura occidental, dispuestas a perseguir a la que se tapa en exceso y a tolerar a la que hace justamente lo contrario."

Creo que la autora debería revisar su concepto de incoherencia, o al menos, las clases de lógica en el instituto ya que que si A es lo opuesto de B, perseguir A y tolerar B es complemente coherente. En fin. No, lo que me ha molestado de ese artículo es la demonización del sexo, y el planteamiento increíblemente reaccionario y puritano de que la sana exhibición del cuerpo, o incluso aunque sea la lascivia, son contrarias a la lucha feminista. Hay que joderse. La autora yerra en muchas cosas, sólo me detendré en una más. Cree que el aspecto femenino está pérfidamente determinado por el sátiro deseo del patriarcado. Se equivoca, no hay ningún plan oculto occidental en la forma en que se hace sentir a la gente que debe vestirse. O, al menos, no es un plan intencionado. Se trata de un complejo sistema de recompensas y castigos sociales que, si bien obliga a que las mujeres necesiten --por regla general-- mucho más tiempo para cuidar su aspecto, lucir afeites y demás, también les abre un abanico mucho más amplio en la indumentaria que a los varones. Cañas empieza diciendo: "Es una lástima que las mujeres no hayan adoptado una corta variedad de uniformes como han hecho los hombres para poder evitar toda la carga ideológica que pesa todavía sobre la indumentaria femenina"; pero los hombres no han adoptado nada, el sistema social funciona exactamente igual para ellos que para ellas, y es severo el castigo para quien decida saltarse el limitado conjunto de colores, prendas o, incluso tejidos, que se consideran varoniles. Por lo demás, se engaña la autora si cree que el aspecto masculino occidental no se encuadra en un modelo detalladamente determinado y que debe corresponderse con un cierto desaliño, estudiadamente medido, que nunca puede confundirse con la dejadez o la suciedad, pero tampoco con un pulcritud que sugiera banalidad. Hubo un tiempo en que un hombre noble debía vestirse con encaje de forma inmaculada; desde la revolución francesa y su cambio de valores, el atuendo viril debe denotar algo totalmente distinto o parecer --y esta es la palabra-- un petimetre.

Sobre lo que la sociedad impone a unos ya otros (de forma mucho más injusta, por lo general, a las mujeres, es cierto) termino con esta imagen. Reflexionadla un poco:


Y, una semana después, llega una de puteros. Firmado por Víctor Lapuente, el título es descriptivo: El liberal, la progre y la prostituta. Ya sabemos quién le molesta más. Lapuente, que trabaja en Suecia, apuesta por implantar el modelo abolicionista del país escandinavo persiguiendo a los clientes de las meretrices para acabar con la prostitución, o ¿es con los proxenetas? Porque no nos queda nada claro.

Vamos a empezar provocando: la prostitución no tiene nada de malo, lo malo es la esclavitud sexual forzada. Sí, es así, y hay que insistir hasta que les entre en la mollera a los moralistas. Hay gente que necesita pagar por el sexo, por muchos motivos, y por muchos tipos de sexo diferente. ¿Perseguiría Lapuente a un pobre oficinista que desfoga sus fantasías de vez en cuando acudiendo a los servicios de una dominatrix profesional? Castigar a ese tipo sería el colmo del sadismo, qué quiere que le diga. Por cierto, existe la prostitución masculina, de la que casi no se habla; y también el tráfico de transexuales, que son --con mucha diferencia-- uno de los colectivos más apaleado y con menos apoyos del mundo. Hagan el favor de dejar de tocar los huevos a la gente con la forma en la que quieren follar, ocúpense de que quien lo desea, lo haga en las mejores condiciones laborales y sanitarias posibles. Lo demás es pura hipocresía, eso de querer llamarlo sexo cuando quieren decir moral. La suya, por supuesto.

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