martes, 14 de septiembre de 2010

Al Corán que más calienta


Todo el mundo se congratula de que el pastor Terry Jones haya dado macha atrás en su decisión de quemar ejemplares del Corán para conmemorar el 11-S. Todo este asunto nos habla de la responsabilidad de los medios por dar cancha a los desvaríos de un exaltado con 50 feligreses que acaban poniendo en alerta a las tropas internacionales en Afganistán, también de los resbaladizos límites entre la libertad de expresión y la ofensa gratuita pero, con los nervios, se ha hablado menos de otras cosas.

Las intenciones de Terry Jones me parecen despreciables pero, paso a paso, casos como este nos llevan a tratar de forma especial la delicada capacidad de ofensa de las gentes de toda fe frente al resto. Ocurrió, en el caso de las caricaturas danesas de Mahoma, cuando entre la ira musulmana y al Corán que más calienta, el Vaticano aprovechó para solicitar leyes especiales contra la blasfemia, leyes que hoy castigan en Irlanda con 25.000 euros de multa expresiones que un creyente considere insultantes. Conviene recordar que en el episodio de las caricaturas sí se trataba de caso inequívoco de defensa de la libertad de expresión, mientras que la quema de un libro sagrado es un acto que busca directamente el conflicto, sin ingenio, un puro insulto. Y, sin embargo, ¿quién es Terry Jones sino un hombre devoto que cree a pie juntillas lo que le dicta su libro sagrado? Lo cierto es que, pese a las proclamas contra el laicismo y el relativismo moral --que en España suelen ser la preocupación principal de los obispos-- este tipo de crisis que empiezan con una hoguera de papel y terminan con muertos de carne y hueso suelen ser obra de unos religiosos contra otros, todos convencidos de que poseen la verdad absoluta.

En vano trato de pensar en qué objeto podría tener yo en tan alto concepto que me lanzara furibundo a las calles si alguien tratara de prenderle fuego. Desde luego nada de lo que pudieran seguir existiendo copias exactas después de la destrucción de uno o muchos de sus ejemplares; quizá me indignaría por el ataque a una obra peculiar, única por sus cualidades artísticas o históricas.

Algo como los budas milenarios que dinamitaron los talibanes en el año 2001 y que no volverán a ser vistos por nadie jamás. Pero ni yo, ni siquiera los budistas, pensaron que esa barbaridad era suficiente como para lanzar turbas a la calle o amenazas de muerte. Sólo los monoteísmos están haciendo cosas semejantes poniendo a objetos o dogmas por encima de las personas; y, paradójicamente, encima son ellos quienes constantemente reclaman que se les proteja de forma especial.

Y lo curioso es que son las religiones las que, mientras nos hacen perder el tiempo con la defensa de la dignidad de los objetos inanimados, con más ahínco se dedican a promover el desprecio a los seres humanos.

En determinados países musulmanes las mujeres son parias sin derechos que no pueden recibir educación o ni conducir un coche; para muchos cristianos los homosexuales son enfermos que deben ser tratados con electroshock; para los ultraortodoxos de Israel es lícito arrojar ácido a la cara de quien deambule por sus calles sin cumplir sus estrictas medidas de recato. Bien está que se respeten las creencias de todo el mundo, pero ¿es que son respetables las creencias que denigran a otros seres humanos en nombre de la fe?

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