martes, 26 de octubre de 2010

La casta sin husos horarios


Apenas llevamos 200 años disfrutando del final de la sociedad estamental, esa en la que uno nacía noble o siervo y poco o nada contaba su mérito para estuviera condenado a pasarse la vida empuñando la espada o el arado hasta el final de su días; apenas dos siglos de una cierta movilidad de clases y ya nos la estamos cargando. Así es, en las sociedades occidentales la mayoría de la población vive con la presunción de que independientemente del lugar donde nazca, de su raza o su sexo podrá valerse de su esfuerzo para buscar su lugar en la vida; y a trancas y barrancas, con muchísimas dificultades y prejuicios en contra lo íbamos logrando. Pero desde hace muy poco hemos dado un paso atrás, o dos en realidad, porque se nos han ido instalando de nuevo los estamentos, dos castas cerradas, una por arriba y otra por abajo ante la indiferencia general.

Es una cosa rarísima, porque el 90% de la gente rica es hija de gente rica, pero es posible que una persona humilde logre enriquecerse con el tiempo, puede medrar, formarse, ser una eminencia, presentarse a unas elecciones y ganarlas. Nada de eso importa; hay ya una élite intocable formada por corporaciones internacionales a las que no ata ninguna ley de ningún Estado sino que es capaz de forzar a los países a su antojo por sus intereses particulares. Hablamos de personas jurídicas que, en realidad, se saltan toda jurisdicción y para las que no existe más norma que la de enriquecerse sin pararse en nada, ya sea destruyendo bosques, océanos o cualquier paisaje que puede convertirse en dinero contante y sonante; o explotando a niños de lugares remotos que producen en fábricas infectas alguna baratija de marca que aquí luego vale su peso en oro. Son entidades, pero formadas por personas físicas que también son intocables. Hay una casta de ejecutivos financieros que ha sobrevivido a esta crisis gracias al sostenimiento público pero que se esfuerza en empobrecer a quienes han pagado sus platos rotos porque cobran bonos millonarios por ello. Ninguno ha tenido que rendir cuentas por sus fechorías, no existen las leyes que permitan perseguirlos, su hogar salta a conveniencia por los 24 husos horarios.

Esos son nuestros amos, pero han tenido a bien entretenerse entregándonos a nuestros propios esclavos. Así, mientras abríamos todos los muros para el flujo de capitales, cerramos con alambre de espino todas las fronteras y los inmigrantes que logren traspasarlas forman un cómodo grupo de parias de usar y tirar. Hoy convive con nosotros un grupo de trabajadores clandestinos que no tiene ningún derecho social, que se ocupa en la economía sumergida sin posibilidad de salir de ella. En algunos lugares ya se discute que, incluso sus hijos nacidos en los países receptores del primer mundo, puedan ser privados como sus padres de todo derecho para poder expulsarlos y perseguirlos cuando ya no puedan ser explotados. En épocas de bonanza sudarán por el pan bajo el plástico de un invernadero, y tiempos de crisis servirán de chivo expiatorio por la degradación social y la delincuencia. El surgimiento de ambas nuevas castas, la superior y la inferior, está estrechamente relacionado porque la primera es la responsable de que la segunda haya llegando huyendo hasta aquí. Sólo los tontos pueden contentarse por ir tirando en este mundo del medio donde a duras penas se mantienen los mimbres del Estado de derecho, porque todo el tiempo que toleremos vivir apretados entre dos estamentos irá carcomiendo sin remedio nuestra fugaz sociedad de clases, efímera democracia.


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