martes, 2 de noviembre de 2010

Para atarnos en las tinieblas


Como soy un fan confeso de Tolkien, y en mi opinión El Señor de los Anillos es junto a las catedrales una de las escasas aportaciones positivas del catolicismo a la humanidad, me llevé una gran alegría cuando se confirmó que Peter Jackson rodará El Hobbit en Nueva Zelanda. Ocurre, sin embargo, que soy mucho más fan de los derechos laborales, por eso me ha decepcionado la manera en la que se ha logrado. Para que la película se quede en Nueva Zelanda el primer ministro del país ha modificado ad hoc la ley laboral, sin pasar por el Parlamento, y ha aprobado una reducción de impuestos por valor de 15 millones de dólares en unas negociaciones directas con representantes de la productora Warner Bros. Se trata de un caso ejemplar de nuestro tiempo, de manera que en Nueva Zelanda una compañía privada influye para cambiar la legislación social a su conveniencia, mientras en Europa (y particularmente en España) cambiamos nuestras leyes laborales y sistemas de pensiones para "dar confianza" a los mercados.
Pero que el episodio de esta nueva cesión de la democracia ante la voracidad del capital esté relacionada con la historia de El Hobbit nos ofrece unas cuantas metáforas muy ilustrativas. En este cuento, el acomodado Bilbo Bolsón se verá empujado a una aventura épica con muchos sinsabores porque el mago Gandalf se lo sugiere a la compañía de enanos que buscan un gran tesoro jugando a un equívoco de palabras sobre su oficio, como un saqueador (burglar) cuando más bien se trata de un burgués (bourgeois); y esto es muy pertinente porque en esta crisis ha quedado claro que hay un grupo de acomodados financieros que se mantienen a flote gracias a haber saqueado los fondos públicos para cubrir sus agujeros contables y, ahora, como no son medianos, aspiran a saquear un poco más de lo que quede, ya sea en salarios o en jubilaciones.
El tesoro que buscan lo guarda un dragón, por supuesto, Smaug. Y es uno muy especial. Smaug lleva siglos durmiendo sobre su botín de tal manera que las monedas y joyas que acumula se han ido incrustando en su piel cubriéndole todo el vientre (que como todo el mundo sabe, es la única parte del cuerpo vulnerable de los dragones) de manera que resulta casi imposible dañarle con las armas. Y dormidos estábamos nosotros en las últimas décadas, dejando toda decisión económica en manos de los mercados, de modo que, cuando se han revuelto contra nosotros con ataques especulativos los estados ya estaban desarmados para hacerles frente. Ese capitalismo incontrolado que íbamos a refundar hace dos años nos está refundando el Estado del Bienestar porque ninguna institución elegida por los votos puede traspasar su invencible coraza multimillonaria. Smaug es sibilino y puede hipnotizarnos con los ojos para hacernos creer lo que a él le resulte más conveniente; y aunque su fuerza es portentosa su principal baza consiste en sembrar la discordia entre sus adversarios. Se puede aprender más de la crisis actual leyendo El Hobbit que el Wall Street Journal. Porque, al final, ¿a dónde nos llevan tantos recortes, tantas cesiones sin que se toque un pelo a los responsables? A un páramo social, donde seremos esclavos sometidos por el miedo a perder nuestro trabajo, plegados a los caprichos de algún señor oscuro que desde su paraíso fiscal habrá convertido nuestra tierra en un paisaje de ceniza.




No para cualquiera (02-11-10)

La de arriba es una ilustración original de Tolkien, hay más aquí.

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