jueves, 23 de diciembre de 2010

Banco de pruebas


En 1936 el fascismo decidió elegir a España como banco de pruebas para la guerra más grande que preparaba unos años más tarde. Para eso llegó la Legión Cóndor aquí, para probar qué tal funcionaba la aviación alemana en una guerra de verdad y, de paso, a ver qué tal sentaba al enemigo bombardear objetivos civiles.


Salvando todas las distancias hoy también sufrimos a gente que nos ha elegido como banco de pruebas para sus guerras particulares. Uno es el papa, Benedicto XVI, quien ha decido que España sea su campo de batalla para la recuperación de la religiosidad en las descreídas sociedades europeas. Por eso cuando llega aquí, uno de los lugares del mundo donde mejor se trata a la Iglesia Católica (con subvenciones públicas y privilegios en la educación) tiene el cuajo de decir que llega a un país atenazado por un anticlericalismo como el de los años 30.

El otro asunto es el de la piratería de productos audiovisuales; el asunto que tanto nos ha ocupado esta semana al hilo del fracaso de la Ley Sinde. Ya se sabe que la dichosa ley nació por presiones de la industria norteamericana en la embaja de EEUU, pero ¿era para tanto la cuestión de la piratería en España? Los números no cuadran; más bien se trata de una especie de prueba, de una experiencia-piloto, según algunos interesados. ¿Por qué?

En mi opinión pesan muchos factores, pero sólo voy a destacar uno. España tiene la particularidad de que, a los defensores tradicionales de la nueva cultura de la web 2.0, gente que apuesta por el intercambio y la colaboración como una herramienta fundamental de una nueva época; a estos se les han sumado unos aliados inesperados. La carcundia nacional que aborrece a cantantes y cineastas; no olvidan el No a la Guerra de la gala de entrega de los Goya; tiene más de vendetta política que de auténtico interés por la causa. Por eso tantas veces el PP ha dicho una cosa en el parlamento español y la contraria en el europeo, donde se oye menos.

Lo peor de todo es que ya se sabe como acaba un lugar, por fértil que sea, cuando se usa de campo de batalla: hecho un erial.

Actualizado: Resulta imprescindible también leer este artículo de Escolar.

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