martes, 21 de diciembre de 2010

Mi república de Weimar


Cada vez con más frecuencia oigo a gente que se pregunta cómo es que, ante la que está cayendo, no hay más revueltas sociales, más protestas para oponerse a los recortes, a las imposiciones de todo tipo que están minando nuestro estado de bienestar y también nuestras libertades. Son muchas las razones (sobre todo, la economía sumergida), pero en todo caso a mí no me extraña esa aparente indolencia. Lo cierto es que el paso de regímenes parlamentarios hacia monstruos totalitarios siempre ha ocurrido poco a poco, como una gota malaya; los barrotes se van poniendo uno a uno hasta que se cierra la jaula y sólo entonces es cuando los prisioneros se preguntan cómo es que no encuentran la salida. Podría tirar de citas de Bertolt Brecht u otros intelectuales de los años 30, pero dado cómo está el páramo, casi mejor recurrir a la Guerra de las Galaxias, cuando la reina Amidala asiste al pleno en el que la República entrega gustosa todos sus poderes al Imperio y dice: así es como muere la democracia, con un gran aplauso.

Vivimos una especie de los últimos días de la República de Weimar, en los que asistimos al desguace de esta frágil prosperidad occidental que apenas duró medio siglo. Tendremos que explicarles a nuestros hijos por qué ellos tendrán menos derechos laborales que nosotros, por qué tienen que trabajar más años que sus padres o sus abuelos, cómo es que les dejamos en herencia un mundo peor que el que nos encontramos. Supongo que todos los gobiernos tienen su cuota de arbitrariedades y barrabasadas; pero es llamativo cómo los ha concentrado últimamente el nuestro.

Si nada lo remedia, hoy se aprobará de extranjis la denominada Ley Sinde, la ley que permitirá cerrar páginas webs que le parezcan mal a la industria del entretenimiento sin que medie un juez en el proceso. Se da la circunstancia de que una de las revelaciones de los cables filtrados por Wikileaks en lo que atañe a España nos ha descubierto que los entresijos de esta ley, que permite saltarse las molestas sentencias judiciales que sistemáticamente daban la razón a las páginas web que se limitaban a enlazar contenidos de P2P (el intercambio de archivos), se fraguaron en la embajada de EEUU en Madrid, entre presiones constantes de las grandes empresas norteamericanas del gremio. Esto puede ser una anécdota al lado del abaratamiento del despido o de la prolongación de la edad de jubilación, pero resulta ejemplar para ver cómo se invierten los valores y se prostituyen las palabras. Se llama defensa de la cultura a lo que en realidad es un blindaje de los privilegios de un oligopolio industrial que teme al progreso y sus intereses económicos son capaces de arrollar a nuestro sistema parlamentario y judicial. En realidad, toda esta crisis se reduce a lo mismo.

Más que una crisis es una gran estafa; una en la que tahúres y cuatreros campan a sus anchas después de que les salváramos los pufos del casino porque los gobiernos son incapaces de plantarles cara o colaboran directamente en sus expolios. Seguro que hay que reformar nuestro mercado de trabajo y muchas cosas más por este lado que nos toca, pero todo serán parches mientras no reformen de verdad a los causantes de esta crisis; y ya no es solo una cuestión de justicia, es que esto no se va a arreglar hasta que les paremos los pies porque para ellos no hay límite hasta que perezca el mundo.


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