sábado, 15 de enero de 2011

Campanas de Túnez


Convendría no echar todavía las campanas al vuelo en el caso de Túnez, revuelta que nos ha emocionado a todos en las últimas horas y en la que cunde la fascinación por un cambio político inesperado y retransmitido en directo vía twitter. Así lo viví ayer en la redacción; llegándonos las noticias más rápidas por las redes sociales que por los teletipos de agencia. Lo cierto es que Al Jazeera ha dado la mejor cobertura.

Bien está, pero aunque pronto nos hayan recordado los cables de Wikileaks que hacía referencia a la vasta y basta corrupción de la familia de la esposa de Ben Alí (con expolios de la viuda de Arafat incluídos); aunque el ataque de Anonymous que tumbó las páginas web oficiales del país en los inicios de la protesta supusieran un salto en la forma de actuar de este colectivo levantando la mirada más allá de la lucha contra el monopolio del copyright; es demasiado pronto para dar por buena una salida que se ha saldado con mantener en el país a más o menos las mismas figuras del régimen anterior, y no se ha señalado contundentemente la complicidad de los gobiernos europeos más cercanos con la pacífica dictablanda del lugar. Demasiado pronto como para ver en esto un inicio de que algo se mueve en todo el norte de África desde Marruecos a Egipto pasando por Argelia; sí es interesante cómo el islamismo puede dejar de ser una alternativa a los dictadores occidentalizantes; unos hijos de puta pero nuestros hijos de puta.

Mi experiencia con Túnez se limita al turismo. Conocí Hammamet, donde todavía ayer estaban atrapados alrededor de 200 españoles acojonados por los saqueos. Se trata de una larga construcción de hoteles y apartamentos pegados a la costa a muy pocos kilometros de Sousse, que tiene un casco antiguo muy bonito y que, para alucinados de la historia como un servidor, suma el encanto añadido de ser el entorno de la batalla de Zama donde Escipión derrotó a Anibal, seguramente el militar más dotado que haya existido jamás o que vaya a existir nunca. En Hammamet, antes de la crisis mundial, había una floreciente industria turística que nos llevaba a los occidentales a los hoteles y a un pujante turismo musulmán a los apartamentos. Era antes de la crisis, y no sé cómo será ahora, pero entonces se podía pasear por aquel puerto deportivo viendo a familias enteras --de padre, madre, numerosa prole y abuela incluída-- acercándose a la playa siempre con la certeza de que la comida se cocinaría como en casa y mientras mamá paseaba cubierta del hiyab a las sandalías, la hija adolescente lucía minifalda con desparpajo esperando que anocheciera. Era un contraste que todo el mundo allí veía con naturalidad y que a mí me pareció que anunciaba un futuro mejor.

Aunque Hammamet no era Túnez. Camino del interior, por carreteras como las que debieron sufrir nuestros padres en la España de los 50, se llegaba a provincias agrarias donde mirar a un pastor que conducía un rebaño de ovejas por el paisaje cada vez más árido era como mirar el Belén que se pone aquí en navidad. Parecía que nada había cambiado desde el siglo I; las mismas túnicas, los mismos cayados para guiar el ganado.

En el desierto, los bereber trogloditas nos mostraban su paupérrima vida a los turistas ávidos de exotismo, camino de Douz, ya en el desierto donde entre dunas y oasis aparecía de pronto un hotel que acogía anualmente a los participantes de juegos deportivos tuareg de varios países. De nuevo, en ninguna habitación faltaba un hornillo para cocinar. En ese viaje vimos las cercanías de Tataouine, donde se rodó el Tatooine de Star Wars; y de regreso Kairouan, donde se construyó la primera mezquita de África, algo que tiene muy a gala y es lógico.

En unos kilómetros se pasa de un mundo fértil y agrario al desierto más árido; seguramente es una metáfora perfecta de la situación social del país, con un bienestar norteño basado en el turismo y cuya riqueza de quedaban unas muy pocas manos, mientras que al común de los tunecinos se les condenaba al estancamiento.

Ben Alí, cuyo rostro llenaba los carteles del Hammamet que yo conocí como líder indiscutido, se ha marchado no a Francia, como se esperaba, sino a Arabia Saudí. Quienes se han hecho ahora con el poder prometen elecciones libres en 60 días. Levantemos las campanas cuando se celebren, no antes.

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