martes, 22 de febrero de 2011

Bien sentados, coño


No puedo contar ningún recuerdo personal, ni una valoración tamizada por el paso de los años de los sucesos del 23F porque yo no me acuerdo de nada, y no es amnesia es la insolencia de la juventud. De este tema lo último que me llamó la atención fue el ensayo-novela Anatomía de un instante de Javier Cercas porque tiene la virtud de ser de los pocos relatos del golpe que ni cae en la burda hagiografía del Rey ni tampoco en la conspiranoia de que todo fue un montaje.

Seguro que las tesis esotéricas sobre el asalto al Congreso todavía encuentran público, aunque la verdad es que ese nicho anda un poco saturado porque los buhoneros que no comercian con que el 11-M fue cosa de ETA, lo hacen con los extraterrestres de Roswell y, si no, con el pacto de la Zoreda.

Un verdadero experto sabe hilarlos todos porque el género fantástico no tiene las ataduras que impone el realismo estricto.

Sí es curioso cómo mucha gente ha inventado el recuerdo de que vio la entrada de Tejero en el Congreso, los disparos al techo, hasta la floja zancadilla a Gutiérrez Mellado (El País ha publicado las actas de los secretarios del Congreso), cuando es del todo imposible. La grabación para televisión no se emitía en directo, pudieron oírse los acontecimientos por la radio, lo demás es reconstrucción de la memoria a fuerza de reposiciones en los aniversarios. Así funciona la mente humana que necesita recrearse en las imágenes.

Quizá por todo eso no hay estupor, ni sobresaltos, por el golpe de estado que llevamos viviendo en los últimos años, ese en el que nuestros Estados, nuestros parlamentos, han perdido todo su poder legítimamente ganado en las urnas para ser subordinados obedientes de los mandatos que dictan los mercados, o los inversores.

Es un golpe sutil pero efectivo, las democracias occidentales hemos perdido toda nuestra independencia económica y llevamos a cabo reformas laborales y sociales que deben recibir el beneplácito de quienes se reúnen una vez al año en Davos o de los fieles perros guardianes que escriben su parecer en el Wall Street Journal.

No sacan tanques a la calle, pero de lunes a viernes disponen de la artillería suficiente para doblegar al más pintado con ataques especulativos en las bolsas de todo el mundo.

Es un golpe invisible porque así lo son quienes lo perpetran. En Túnez, en Egipto, la gente puede salir a la calle y señalar con el dedo a un tirano, pueden ponerle nombre y rostro a su opresor.

Aquí nos defendemos de un ente abstracto que ataca desde todas partes y que no tiene palacio que asediar. Los palanganeros de este monstruo amorfo tratan de explicarnos, los inversores son ahorradores , casi que la viejecita que va con su cartilla semanalmente al banco para comprobar que está en su sitio cada moneda.

Pero lo cierto es que el capitalismo global está en manos de gente capaz de comprar todo el cacao de Europa sólo para especular con su precio, gente que puede tumbar la libra y al banco de Inglaterra, gente que logra sus dividendos con trabajo infantil, con hambrunas o con guerras por combustible. Que sean invisibles no quita que sean sanguinarios. Eso a veces, otras son mezquinos codiciosos que buscan el beneficio fácil y, si sale mal, que entre todos les cubramos las pérdidas.

Como quieren los especuladores que invirtieron en la nueva Rumasa, en el aniversario de la vieja. Y aquí estamos todos quietos, todo el mundo, bien sentados, coño.

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