sábado, 12 de febrero de 2011

Contra Gorthaur


Dice Ramón Lobo en su twitter "después del mundo árabe, toca ir a por los mercados, que ya está bien", y tiene razón. Aparte de comparaciones oportunistas como la de Esteban González Pons tratando de llevar el ascua de Egipto a su sardina con España; las revueltas en Túnez, en El Cairo y las que previsiblemente puedan surgir en Yemen, Argelia o, incluso (soñar es gratis) en Marruecos, nos llenan de admiración por la valentía de miles de personas que se juegan el tipo contra tiranos que, hasta ayer, parecían omnipotentes.

Si todo sale bien (y eso es mucho decir todavía) Túnez y Egipto se labraran su camino hacia la democracia, o eso que nosotros hemos llamado democracia, un sistema con libre participación de partidos, separación de poderes en el que la soberanía recae en el pueblo, existe habeas corpus y hay unas garantías judicial mínimas. Dicen los viejos que las democracias son aburridas, y no lo dicen como una crítica, sino que son regímenes donde la confrontación política se reduce al mínimo, la convivencia social se valora mucho y las diferencias entre facciones se diluyen tanto que, a veces, es muy dificil distinguirlas. Esto es una simplificación, por supuesto.

El caso es que, con todas las pegas (que son muchas) estas democracias de Occidente son de lo mejor que nos podemos echar al hombro en este mundo y parecía convincente el aforismo de Churchill de que no son el mejor sistema pero, al menos, sí el menos malo. Hasta ahora, claro.

Quiero decir que, desde hace unos años, desde que estalló la crisis financiera global, las democracias occidentales han bajado mucho de nivel. No en vano, los estados han perdido prácticamente su soberanía económica y siguen sin resuello el firme paso que marcan los látigos de los especuladores. Los mercados deben ser satisfechos, a ellos se les debe dar confianza, a ellos les ofrecemos sacrificios, son tiranos sin nombre ni rostro que se saltan nuestras leyes, nuestros parlamentos, porque no conocen otra norma que el beneficio.

No es posible hacer una analogía entre lo que pasa en el mundo árabe y el occidental sin caer en la parodia, pero como es sábado sed clementes. Allí al menos tienen un rostro al que oponerse, pueden ponerle nombre y un apellido a su dictador, hay un tipo que debe marcharse para que dejen la plaza y se vayan a casa. ¿Y aquí? ¿quiénes son nuestros opresores?

Saltimbanquis de la política como Pons absténgase, por favor. No, a quienes se están forrando a costa de ver reducidos a la miseria a los demás no podemos ponerles cara ni nombre, no lo sabemos. El modelo de malvado al que nos enfrentamos es Sauron en El Señor de los Anillos (enlazo a la wikipedia inglesa porque el artículo de la española es muy decepcionante).

Quienes hayan visto las películas de Peter Jackson identificarán al señor de Mordor con el guerrero de la maza y armadura o con el ojo de fuego de Barad Dûr; es un recurso cinematográfico; en las novelas Sauron tiene un ojo como emblema, se sugiere ese forma para quienes lo perciben a traves de ensoñaciones o artefactos, pero la verdad es que Sauron (el de muchos nombres, como Gorthaur, la abominación del terror; o Annatar, el señor de los dones) no tiene rostro, ni forma, es una sombra. Lo cierto es que incluso ha impuesto a sus servidores que ni digan ni escriban su nombre. La modernidad de este villano es que no es tangible.

A algo así nos enfrentamos nosotros, a un monstruo amorfo que vive más allá de toda frontera, al que nunca podremos cercar en su palacio porque no tiene. No sé cómo podríamos plantarle cara, pero creo que la solución también está en El Señor de los Anillos, porque tienta a todos con su anillo de poder, de codicia; pero no se puede controlar. Debe ser destruido.

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