jueves, 17 de marzo de 2011

#prayforwallstreet


Es casi un clásico de los desastres naturales, el fanático religioso que achaca el terremoto, o el huracán de turno, a los pecados de la población que lo sufre. Pasó en Haití, cuando un predicador dijo que su seísmo era el pago a los pactos con el diablo de la población autóctona, y también ha pasado en Japón, donde el alcalde de Tokio, dijo que lo que sufrían era un "castigo divino".

Twitter se llenó estos días de la etiqueta #prayforjapan (reza por Japón) entre las risas de los más descreídos que, o bien animaban a hacer algo más útil que rezar para apoyar a los nipones, o bien urgían a aclarar a los que se apuntaban a explicar si les parecía o no designio divino lo que acontece. En EEUU hubo hasta una variedad autóctona de cafres, los que achacaban la devastación japonesa al mal karma por haber bombardeado Pearl Harbour o por matar a los delfines.

Pero es que ahora a Japón llega un cuarto jinete para su apocalipsis. Al terremoto, al tsunami, a la crisis de las centrales nucleares, se suma ahora la especulación financiera, que ha elevado el cambio del yen haciendo más difícil la recuperación. Se trata de que, para muchos especuladores, los negocios son los negocios y aunque te lo digan con mucha calma, ese es verdaderamente el problema.

No hay diferencia entre quienes culpan a los pecados de la gente de los desastres naturales y los que hacen lo mismo con los financieros. Sí, Japón ya tenía problemas de deuda antes del terremoto, pero son los especuladores lo que quieren seguir sacando tajada a costa del sufrimiento ajeno.

Pasa lo mismo con toda la crisis mundial. Sí, hay problemas en las relaciones laborales, en los sistemas de pensiones, todo lo que quieran; pero si aquí hay un pecado que sigue sin pagarse y sin condena es el de los que han hecho de la economía global un casino sin control. Y siguen indemnes, mientras que a cada golpe de la crisis, aprietan las tuercas a la población para exprimir hasta el último reducto del estado de bienestar. Esos que señalan tanto con el dedo, esos son los verdaderos culpables.

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