martes, 5 de abril de 2011

Nuestros expertos


El mismo día en el que se producía la primera explosión en la central de Fukushima, Rajoy estaba en Gijón, en la Universidad Laboral, animando a defender la energía nuclear “sin demagogia”.

La misma, digo yo, que hizo que, según pasaban los días, Angela Merkel reculara en su decisión de prorrogar la vida útil de las centrales alemanas y que el propio PP fuera matizando su postura incidiendo cada vez más en “la seguridad”. La semana pasada, el coordinador económico del PP, Cristóbal Montoro, defendía que, en todo caso, había que abordar este asunto “sin contaminación ideológica”, como si en las espinacas y la leche de Fukushima lo que molestara no fueran restos de cesio y yodo radiactivos, sino que fueran a quedarte partes de algún panfleto comunista entre los dientes al consumirlas.

Dijo además, que quienes deben decidir en estos casos son “los expertos”; y ahí está la clave, claro. ¿Quiénes son esos expertos que deben decidir mientras los demás asentimos en respetuoso silencio, los que tenía la empresa Tepco y ocultaron una piscina de residuos radioactivos de la que nadie sabía nada hasta el accidente?, ¿los que falsificaban sus partes de seguridad en 2002?, ¿para quién trabajan los expertos que deben opinar por nosotros? ¡Ah, los expertos! Qué buen eufemismo para referirse siempre a nuestros expertos; en el mismo grado posesivo con el que Roosvelt describía al dictador Somoza en Nicaragua, un hijo de puta pero, al fin y al cabo, el nuestro. Probablemente no se encuentre en la cartelera de ningún cine cercano (desde luego, no en Asturias) el documental Inside Job, de Charles Ferguson, que describe con todo detalle los entresijos de cómo se fraguó la actual crisis financiera.

Es un relato tenebroso, en el que se entrevista a muchos de los protagonistas de la recesión (al menos, los que accedieron a que se les entrevistara) que describe cómo se favoreció el derrumbe de la industria financiera gracias al desmantelamiento de todas las leyes reguladoras que habían intentado apuntalar al sistema frente a la codicia desmedida de los especuladores tras el Crack del 29. En Inside Job asistimos al expolio de Islandia, una sociedad próspera y moderna que se vio arruinada por poco más de una docena de banqueros sin escrúpulos; a cómo en Nueva York los mismos ejecutivos que recomendaban a sus clientes comprar determinados valores apostaban en su contra en mercados de futuros. Tras el derrumbe de muchas compañías que tuvieron que ser rescatadas con dinero público, mucha gente perdió su trabajo y algunos, en un país como EEUU donde los fondos de pensiones son privados, su jubilación.

Pero todos esos ejecutivos siguen en sus puestos, o en otros similares. Todos tras haber cobrado jugosas indemnizaciones y bonos.

También salen los expertos, porque alguien tenía que recomendar llevar a cabo todas esas desregularizaciones desde la administración; y alguien tenía que dar la calificación de triple A a los derivados que reunían las hipotecas basura que nadie podía pagar. Todos los expertos siguen dando conferencias, asesorando a gobiernos o impartiendo cátedra en universidades privadas; a la vez, por supuesto, que reciben sustanciosos honorarios de la misma industria financiera a la que siempre benefician en sus informes. Son también los que nos recomiendan ahora rebajar nuestros salarios y “flexibilizar” el despido. Yo ya me callo, que no soy experto.


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