martes, 14 de junio de 2011

Economía del hombre blanco


Siempre he seguido las peregrinaciones del Rocío en Huelva con la extrañeza y fascinación del antropólogo foráneo; como veo los rituales con ayahuasca de los yanomani en el Amazonas, o los saltos desde una torre con los pies atados con lianas que hacen los hombres de Vanuatu para probar su virilidad. Merece la pena ver el documental sobre este evento que realizó Fernando Ruiz Vergara y se censuró en los 80. Me pregunto a qué hado misterioso atribuirán que este año se rompiera una de las sujecciones del paso en el regreso a la ermita, si lo considerarán una señal de la providencia, una advertencia terrible de la divinidad.

Quizá soy algo injusto señalando una superstición tan concreta cuando, al fin y al cabo, se trata del estilo de pensamiento dominante, al menos en el terreno económico. Es decir, padecemos una crisis que tiene su origen en la codicia desmedida de un pequeño clan de trileros pero tocarles es tabú; todos siguen en sus mullidos puestos disfrutando de sus paraísos, ya no que no artificiales, fiscales. En su honor, hemos ofrecido todo tipo de sacrificios, nuestros salarios, nuestros derechos sociales, nuestras pensiones y pronto nuestra sanidad y educación públicas. Pero no se aplaca su ira. Fiamos las predicciones económicas a agencias pagadas por los mismos fetiches que se benefician de sus augurios, lo cual tiene el mismo sentido que bailar con plumas en la cabeza para que llueva. Es verdad que nuestros brujos visten traje y corbata, pero qué raro es el hombre blanco.


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