jueves, 30 de junio de 2011

El grito en el suelo



Dijo Nietzsche que quien se arrepiente es dos veces miserable, pero debía estar pensando en el superhombre; para los demás, suele ser más cierto que más vale arrepentirse de lo que uno ha hecho que de lo que ha dejado por hacer. En todo caso, en su último debate sobre el estado de la nación, Zapatero confesó su arrepentimiento por dos cosas: una, por no haber reconocido la crisis en tiempo y forma; y dos, por no haber pinchado antes la burbuja inmobiliaria. Esa, que es la pasiva, es la contrición más grave. Resulta vano llorar por la leche derramada, pero si le sirve de consuelo, aunque sea tonto, estaría bien apuntar que fue un mal tan de muchos que no le hubieran dejado corregirlo. Los mismos expertos que hoy recetan severos ajustes y hablan de despilfarros son los mismos que negaban tal burbuja; fuera de ese establishment, todas las llamadas que se hicieron para alertar del desastre inmobiliario que se avecinaba eran despachadas como utopías de ilusos y ganas de joder a la clase media. ZP que, en plena bonanza, ya era tachado de anticristo destructor de la familia y caballo de Troya de ETA, no hubiera podido con eso. Buena parte de los que hoy se escandalizan del ladrillazo habrían puesto el grito en el cielo si les llegan a tocar el suelo. De hecho, los constructores de Asturias ya han ofrecido un plan millonario a Cascos para volver a las andadas y los andamios; y Rajoy coquetea con recuperar la desgravación por compra de vivienda. ZP se ha arrepentido, pero ha sido el único.


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