domingo, 10 de julio de 2011

Burka & Pajín


Dos mujeres se cruzan en un paseo en la playa, una de ellas va cubierta de la cabeza a los pies con una abaya y un niqab que le vela la cara, la otra luce bikini y gafas de sol. Ambas se observan y tienen para la otra un pensamiento muy parecido, qué cruel cultura patriarcal tiene que sufrir la otra. Salvo que una lo dice porque se cubre todo salvo los ojos y la otra por cubrirse únicamente los ojos. Es una tira cómica que rula hace tiempo por la red, pero no es una escena inimaginable, cruces semejantes me los topé yo hace pocos años en el Túnez prerrevolucionario en un ambiente de cierta tolerancia.

Hay dos asuntos que han coincidido casi en el tiempo en la prensa española tal y como se cruzan las mujeres de esa viñeta. Vamos a verlos. El primero es el magnífico reportaje de El País sobre la quinceañera española que quiere vestir burka. Es magnífico porque acude a todas las fuentes posibles, a la propia menor, a su madre, a los vecinos del barrio, a sus compañeras y profesores del instituto; todo nos permite hacernos una idea de por qué se ha dado este caso.

Zizek siempre recurre al caso de los Amish (que a los 16 años deben dejar su bucólico y arcaico poblado para vivir en el mundo moderno y probar si les gusta) como una falacia de la libre elección en el caso de los velos femeninos. Un amish no tiene referencias sociales ni culturales para sobrevivir en las grandes urbes norteamericanas, con libre acceso al sexo y relativamente sencillo a las drogas. La gran mayoría regresa a la comunidad convencidos de que el mundo moderno es obra de Satán. Dice el filósofo que una mujer educada en el rigor de una sociedad musulmana en la que el velo es imposición (y distingamos la abaya saudí o iraní, del hiyab o el niqab) no es libre realmente a la hora de decir que lo viste por propia elección. A Zizek le gustaría oír este caso de Melilla, porque es una niña española, críada sin esa referencia. Sus compañeras de clase la acusan de proselitismo y de haber caído en el integrismo por amor de "un barbudo". Por sus declaraciones más bien se deduce que la protagonista no tiene muchas ganas de estudiar, que el burka le permite ofrecer una maravillosa y llamativa excusa para no acudir a clase; que es una suerte de Juani o Jessi pasada por los suras o los hadiz de la misma suerte que las chonis de barrio se adoctrinan con Tele5. Pese a su verborrea, los expertos no dejan de repetirnos que no hay nada en el Corán que oblige a cubrirse de pies a cabeza a las mujeres y que donde hay tal conducta se explica más bien por las costumbres tradicionales del país. Quizá de integrismo no hay nada. O no, quizá hay algo más, y entra en la historia el inquietante elemento del libro Tú puedes ser la mujer más feliz del mundo, que promueve consejos de antigualla sobre cómo deben comportarse las mujeres. Puede que sea así, pero antes pensemos que en el radicalmente occidental y tecnológico EEUU, en plena ola conservadora, se publicó The Surrendered Wife, con gran éxito, que es tres cuartos de lo mismo.

Quedan por ver cuestiones como que cada vez más ayuntamientos españoles se plantean prohibir el acceso a sus instalaciones con tales vestimentas o lo realmente crucial en este caso, lo único verdaderamente importante, que es que hay una menor que tiene que cumplir con la etapa de educación obligatoria, le guste o no. Pero antes ocurrió otra cosa en la prensa española:



El Mundo ya había llevado a portada las carnes de Leire Pajín con motivo del inicio de sus vacaciones; en una nueva vuelta de tuerca, el sábado decidió aumentar el nivel de su mofa de la ministra con un reportaje en el que se la llama gorda y mal ejemplo para ser titular del cargo de Sanidad, ¡con el sobrepeso que hay aquí!, nos vienen a decir. Y el escarnio se cierra con una versión sílfide de Leire gracias al Photoshop.

Como era de esperar, el reportaje causó una gran controversia, con preguntas sobre si se haría algo así en el caso de que hubiera sido un ministro en vez de una ministra la que andara por la playa; y la muy fundada sospecha de que, detrás de las argumentaciones sobre las bondades de una dieta sana, se ocultan las ganas de la prensa carca de zurrar en cualquier ocasión a las mujeres que forman parte del primer gobierno paritario de España. También es cierto que el reportaje lo firma una mujer. ¿No es cierto que la exigencia de un canon de apariencia física es más duro en nuestra sociedad hacia las féminas? ¿No es un pensamiento clásico del feminismo que en el aspecto de las mujeres se marca al fuego el deseo de los hombres como una imposición? Caramba, ¿tiene algo de razón la señora de la abaya de la viñeta de arriba?

En plena discusión en Twitter, remarcando el amarillismo insistente del director del diario (¿quizá un homenaje a la desaparición de News of the World?) Salomé García, directora de Comunicación del Ministerio de Sanidad, tiró una certera piedra a la cabeza de Pedro J que tuvo mucho éxito, retuit y RT. La respuesta de Pedro J fue esta. ¡Bah! Es un clásico demasiado tópico meterse con el director de El Mundo por el famoso vídeo que le grabaron a escondidas. Yo también lo hecho indirectamente lo confieso, pero me arrepiento, eso está mal. No hay nada reprochable en lo que a uno le guste hacer en la cama mientras sea pactado entre adultos. Y punto.

¡Un momento! Pedro J, su vídeo, esa es la clave de todo este asunto. El reportaje de Pajín no es más que basura sensacionalista que busca llamar la atención, no merece el menor análisis periodístico. La cuestión es la que se plantean las dos mujeres de la viñeta, si la condición femenina está sojuzgada por la masculina, si el aspecto (ya sea para mostrarlo o para ocultarlo) responde al deseo posesivo de los varones; esa dualidad dante y tomante, el yin y el yang. Pedro J es la respuesta. Al hilo de ese caso (y sin que sirva de precedente) me gustó bastante el artículo que escribió Arcadi Espada en 2002, Sodomías.

Particularmente no me parece nada extraño el placer varonil en la penetración anal. Y tampoco una práctica exclusivamente homosexual. Ilústrense un poco, existe el concepto de Bend Over Boyfriend; el Pegging es una cosa de lo más habitual para los espíritus libres que rondan los lugares donde los pacatos no se atreven a mirar. Además de que me parezca de mala educación meterse con los fetiches de la gente, lo patético del caso de Pedro J es que trate siempre de reducir este episodio a un montaje y un complot, una trama urdida con malas artes a la que fue empujado con hechizos. Lo viril no está en la postura sexual que se adopta en la cama sino en la actitud con que se afrontan los problemas. Basta decir: eso es cosa mía y a nadie más le incumbe, no hay nada de lo que avergonzarse aquí; y si hay suciedad es en los ojos de los que miran. Y punto.

Otra cosa es el deseo de cambiar las tornas, de ser un rato Yin aunque te haya tocado nacer Yang, ser el pasivo objeto de deseo y no el depredador que lo persigue, no cazador sino presa. Todo ese sinfín de estereotipos (algunos falaces y otros reales) con los que se carga a uno o a otro género y que son los que nos han llevado a discutir por el burka y por Pajín.

Pero eso se acabará, seguramente, a la manera en la que (Spoiler) concluye Las partículas elementales de Houellebecq; en un futuro andrógino en el que ya no hay más sexos y esa pulsión desaparece. Eso en la literatura, pero lo augura también el genetista Bryan Sykes en La Maldición de Adán, seguro, dice, de la extinción del cromosoma Y y con él del sexo masculino.

¡Ah!, Pedro José es un visionario sin saberlo.

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