jueves, 18 de agosto de 2011

España Katolska



No está del todo bien que nos vayamos a hacer pis cuando echan los anuncios por la tele en mitad de la emisión que estamos siguiendo. Muchas veces la publicidad nos dice mucho de lo que realmente somos, de lo que nos pasa, más que los sesudos artículos de opinión de la prensa especializada o que los estudios estadísticos. A mí me pasa con los anuncios de Ikea, que en España siempre se remiten algo de lo que carecemos profundamente y es la emancipación. Ikea (que como todo el mundo sabe vende muebles por piezas que te tienes que montar tu mismo) no destaca en sus campañas españolas que sean productos baratos o el placer del bricolaje; lo que destilan sus anuncios son que por fin vas a tener tu propio hogar y que te lo puedes montar como quieras. En pleno auge del ladrillo, su campaña te invitaba a hacer una declaración de escisión en toda regla, en la república independiente de tu casa, con la frontera marcada a fuego en el felpudo. Como suele decirse, dime de qué presumes y te diré de qué careces, porque era el tiempo en que comenzaban las manifestaciones sobre la falta de accesibilidad barata a la vivienda, con los precios disparados por la especulación. Los valores republicanos son, además, los de la meritocracia, mientras que aquí entonces (y ahora, claro, pero con otras cosas) lo petaba el que había comprado un piso por 30 y lo vendía por 50. Money for nothing, así sin moverse.

La campaña actual es Tengo derecho a mi fiesta que nos incita a celebrar nuestra parranda en nuestro nido, aunque esté todo muy mal; y es genial que haya coincidido este lanzamiento en el tiempo con la visita del Papa y la manifestación laica que protestaba contra el gasto público que supone su visita. Esa que acabó a palos en la plaza del Sol. Antes de que llegara a celebrarse la concejala Ana Botella la consideró una provocación; y la verdad es que está en lo cierto, aunque precisamente eso, el afán de provocar no tenga nada de malo y yo no lo veo como un reproche justificado. Hagamos caso a Ikea, que realmente conoce nuestra idiosincrasia. ¿Quién tiene aquí derecho a su fiesta? Los jóvenes católicos por supuesto, pero como rezan en el gran mall del mueble, pagada por ellos mismos y montada con sus propias manos. Llega aquí el derecho a la fiesta de los laicos. No les parece bien el gasto público que acompaña a la visita papal, desean manifestarlo públicamente --como no puede ser de otro modo-- durante (o en la víspera) la llegada del pontífice. Para hacerlo siguen todos los cauces legales, su marcha y concentración se autorizan con un recorrido notorio que termina en la plaza del Sol, pero cuando llegan se encuentran con que grupos de peregrinos ocupan el lugar.

En el ámbito anglosajón; pero más concretamente en EEUU no resulta extraño ver manifestaciones opuestas en las que los concentrados de uno y otro signo coexisten resignados, aunque sus carteles lleven alusiones agraviantes para el contrario.


He aquí un ejemplo de la celebérrima iglesia homófoba de Westboro, de un fanatismo poco frecuente; que acude a maldecir los cadáveres de los soldados muertos en Irak en sus propios funerales, en la cara de sus allegados, porque, en su rara lógica, sus muertes son resultado de un castigo divino por la tolerancia con los gays. Claro que el concepto de manifestación estadounidense y el europeo son muy diferentes. Allí las protestas son más estáticas, en torno a un lugar concreto y más estéticas (con carteles realmente muy ingeniosos). Aquí en el viejo mundo la tradición marca un recorrido a pie, nuestra liturgia es una marcha que permita apreciar el gran número de congregados en una larga avenida a ser posible. En nuestro afán por reunir al mayor número de gente hemos llegado a límites absurdos, con convertir a 50.000 personas (que son muchas) en 2 millones por arte de la manipulación mediática. Y este, por cierto, es un pecado muy católico en España.

Volvamos a Sol. Van a coincidir dos colectivos opuestos y no hay nada malo en ello. En la arcadia feliz de los ingenuos hasta podemos imaginarlos estoicos uno frente al otro, cada cual con sus lemas, fingiendo indiferencia hacia el otro; una idea de puro (y pueril) respeto al común espacio público. Pero es que eso tampoco es necesario. No tiene nada de negativo la confrontación en sí, mientras no se recurra a la violencia, mientras no se trate de imponer al otro por las bravas su propia visión del mundo. Quiero decir que, pese a que todo el mundo (incluidos los participantes en la JMJ) deberían saber que el recorrido autorizado de la marcha laica terminaba en Sol, también ellos tenían derecho a ponerse a rezar allí. Pero no tiene nada de raro que cuando los dos grupos se encuentren se crucen reproches e insultos. Nadie se muere porque lo llamen hereje o papanatas. Lo malo es que alguien tenga la mano suelta y comiencen los puñetazos y las patadas. Sí, la marcha laica es una provocación contra la visita del Papa. Pero ponerse a exaltar el fervor religioso en el mismo lugar donde acaba esa manifestación es otra provocación; una que no ha exigido permisos a la Delegación del Gobierno y que además se encuentra con enormes ventajas. La policía que acompaña a la manifestación autorizada se ocupa entonces de abrir paso a los concentrados que no lo están. Es más, luego en la noche cierra la plaza e impide salir de ella a quienes allí se han quedado. En la retransmisión televisiva en directo de la madrugada se ve a personas mostrar a los policías su DNI, indicarles que allí al lado queda su casa y no pueden llegar. Pero no se les permite el paso. La mochila del peregrino, en cambio, si sirve de salvoconducto, para circular por donde uno le plazca.

Yo no estaba en Madrid, no fui testigo de lo que pasó, he leído varios relatos (este me parece bastante medido); en uno de ellos leí que uno de los laicos les dijo a los JMJ algo así como "tenéis todo Madrid, dejadnos este sitio". Y creo que esa es la clave.

La Iglesia Católica tiene un lugar privilegiado en España pero no se contenta con eso, lo quiere todo, porque siempre lo ha tenido y cree que le pertenece por derecho. Disfruta de un reconocimiento especial en la Constitución frente a otros cultos que hace que nunca seamos un estado aconfesional en realidad. Ningún país lo es, al menos de nuestro entorno cultural, si hay que ser precisos. En EEUU, primera democracia moderna con la separación iglesia-estado escrita en los primeros renglones de su historia se vive una religiosidad extrema; en el Reino Unido --paradigma del parlamentarismo liberal-- su jefe de Estado es a la vez cabeza de la iglesia anglicana; en Italia la inclusión del Vaticano en el mismo territorio de Roma va más allá de ocupación del espacio físico (Giovanni Sartori me dijo en Oviedo en 2005 que hubiera deseado que el Papa se quedara en Avignon); hasta en la ejemplarmente laicista Francia Sarkozy hizo todos los guiños oportunistas que pudo a las raíces cristianas de la nación al llegar al poder.

¿Qué tiene España de diferente? Quizá como decían los napoleónicos que aquí siempre vamos detrás de los curas, ya sea en una procesión, o persiguiéndolos para lincharlos. Pero más allá del tópico, que el Papa ve en España un lugar crucial en su campaña por la reevangelización del perdido mundo occidental, el primer campo de batalla en su cruzada por la recuperación de la esfera pública para la religión en una Europa que, cada vez más, da la espalda a la fe (la institucionalizada al menos).

Por eso aquí aún se ven quejas de la jerarquía católica contra el divorcio, 30 años después de que se haya legalizado sin problemas, o ve un escándalo la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo; se queja de sentirse perseguida pese a que cuenta con una red de financiación establecida por el propio Estado a través de la declaración de la renta; de estar exenta del pago de determinados impuestos; de contar con una red de colegios concertados en los que incluso se separa a los alumnos en función del sexo. Las calles de las grandes ciudades se cortan para las procesiones de Semana Santa; hay obispos en el ejército y los funerales de Estado se organizan según sus ritos. Hasta los ministros prometen sus cargos ante un crucifijo en el palacio real.

A largo plazo esta situación resulta insostenible. Lo es por razones demográficas (por el desapego creciente de la población nacional que cada vez comulga menos o se casa menos por la iglesia, mientras se vacían los seminarios; y por el crecimiento de la población de origen inmigrante que también es protestante o musulmana). Determinados privilegios de la iglesia católica deberán extenderse a todas las confesiones para evitar la discriminación (y eso sería, sobre todo para los católicos, insoportable), o deberán eliminarse sin excepción para todas. Eso es un estado laico respetuoso con todas las creencias. Pero cada pequeño paso que se ha dado en esa dirección se ha encontrado con una oposición férrea y dura, ha costado una lucha agotadora.

Completarlo también nos llevará a una larga confrontación que yo espero que sólo sea dialéctica; pero que será una confrontación. Por eso no me espanta la que hubo en Sol, me espantan los palos.

Hasta Ikea, como decíamos al principio, supo darnos una melodía para retratar que con la Iglesia, en España, siempre se topa. Esa de Esto no se toca.

1 comentario:

ElPasmo dijo...

Solo una corrección. La marcha laica pasaba por Sol y acababa en Tirso de Molina después de la negociación con la delegación de gobierno que tumbó todo recorrido que acabara en Sol.