jueves, 11 de agosto de 2011

Por fin, por fin


Siendo justos hay que reconocer que Zapatero no tuvo los 100 días de gracia que se supone se conceden a los presidentes que acaban de llegar al cargo. Desde el 13 de marzo de 2004 su victoria electoral se atacó con virulencia; la carcunda lanzó sospechas de todo tipo sobre él, se le llamó poco menos que etarra, fue destructor de la familia, vendedor de Navarra barata, anticristo, pánfilo buenista y a la vez maquiavélico desmembrador de la patria. También masón, por supuesto, que no falte. Nada de eso le hizo mella; tuvo que llegar una crisis mundial (tan gorda que amenaza con llevarse a la potencia hegemónica por delante) para que mordiera el polvo. Pero ya está ahí, casi puede rozarse con los dedos, que poco falta, por fin después de ocho largos años las cosas volverán a ser como debieran para las gentes de bien; cristianos viejos. Y con propina. Presumiblemente, el PP no solo logrará mayoría absoluta en el Ejecutivo central sino que ya gobierna en la práctica totalidad de las autonomías. Tendrá un poder como no se conoce desde la restauración de la democracia; y además podrá plantear su programa ante una izquierda atomizada y unos sindicatos desprestigiados como nunca. ¿Extraña que pidan que se adelanten aún más las elecciones? No es difícil impacientarse ante un menú tan suculento.
Pero, cuidado, algo ha cambiado respecto a 1996. No va ser igual. Nadie lo comprende aún muy bien del todo, el aire huele distinto, algo de la Transición se roto. Y probablemente ya era hora.



No para cualquiera (11-08-11)


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