domingo, 11 de septiembre de 2011

Derroches de conspiración

Para hablar de conspiraciones siempre recomiendo leer Amos del mundo de Juan Carlos Castillo, que es muy ameno y didáctico; además el autor sabe bien de cómo se fraguan las teorías más esperpénticas porque en su juventud las creía a pie juntillas. Además de buen autor, Castillo es un personaje muy interesante. En esencia las conspiraciones nacen de la necesidad de explicar un suceso trascendental, algo que ha transformado el mundo, porque (en la mente del conspirador) necesariamente los argumentos evidentes y lógicos no son suficientes, debe haber algo más, fuerzas ocultas que manejan oscuros hilos e intereses. Como recoge Amos del mundo, las primeras conspiraciones nacen tras la Revolución Francesa y son muy conservadoras. Para explicar el derrumbe del Antiguo Régimen se resisten a los hechos de la evolución del pensamiento ilustrado, la crisis económica de la sociedad mercantilista o la suma injusticia del sistema de estamentos. No, tuvo que ser cosa de los masones, o de los templarios en una larga venganza urdida desde hace siglos.



Y así llegamos a la efeméride de hoy, la de los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York. Las teorías de la conspiración que tratan de probar que fue un plan del propio gobiernno de EEUU son muchas y cansinas, aquí tratan de desmentir algunas (aunque como el propio autor reconoce, es inútil tratar de convencer con argumentos a un conspiranoico). Con sorna y acierto, Timothy Garton Ash se preguntaba ayer cómo es posible que ninguna de estas teorías defienda que, en realidad, Bin Laden era un agente del gobierno chino porque, al fin y al cabo, una década después, el gigante asiático ha sido el gran beneficiado de toda la cadena guerras y meteduras de pata de la que se presentaba como potencia hegemónica y vencedora absoluta de la Guerra Fría en el nuevo siglo.


Porque lo peor de las teorías de la conspiración es que ridiculizan, al disfrazarse de él, el auténtico pensamiento crítico. No hubo un plan norteamericano para derrumar las Torres Gemelas. Sí hubo un plan para aprovechar ese suceso como un modo de justificar después leyes como la Patriot Act que recorta derechos civiles, o una guerra como la de Irak, que ni cortó ni pinchó en ese asunto pero acabó siendo campo de batalla de todo aquel que tuviera ganas de liarse a tortas con un soldado estadounidense. Para horror y sufrimiento de su población civil.

La triste y miserable versión hispana, la del 11M, sirve a un propósito similar. Con la insistencia contra toda evidencia de la participación de ETA en los atentados de Madrid hay gente que se ha lucrado vendiendo libros y periódicos, pero sobre todo ha servido para justificar la intolerable actitud del gobierno de José María Aznar durante los tres días que pasaron entre el atentado y las elecciones en las que trató se sacar rédito político sobre 200 españoles muertos. Además, antes de que, gracias a la crisis internacional, el PP pudiera encontrar algo con lo que atizar certeramente a Zapatero, sirvió como ariete principal de la oposición contra los intentos (con errores, pero muchos aciertos) del gobierno a la hora de buscar el fin de la banda terrorista vasca. Uno que estamos rozando con las yemas de los dedos pero que algunos viven con pánico porque han construido sobre ETA casi todo su argumentario político.

Y así llegamos a la crisis económica. Y tiene gracia que la película que mejor explica lo que pasa se titule Inside Job (trabajo interno) igual que se etiqueta desde la conspiración a lo que pasó el 11S. Pero, pese a lo que pueda parecer, Inside Job no defiende que la crisis económica se provocara a propósito por oscuras élites financieras, no. Habla del dogmatismo de una corriente de pensamiento económico (que sí ocupa casi todos los puestos relevantes de decisión en gobiernos y universidades) y que permitió con sus desregulaciones que pasara lo que pasó.

La recesión que vivimos no es fruto de planes secretos de los illuminati ni del club Bilderberg; pero sí se ha mostrado como una espléndida ocasión para que los seguidores de ese dogmatismo neoliberal que trajo la crisis puedan seguir imponiendo su agenda de recortes y privatizaciones a través del miedo y la incertidumbre. Nadie buscó que quebrara Lehman Brothers, ni que Grecia esté al borde de la bancarrota; pero sí han servido de oportunidad para proponer que se ajusten el cinturón los menos pudientes, que se cierren hospitales o se trasvasen los fondos de educación a centros privados con la excusa del ahorro. Destacar y difundir esa estrategia es el auténtico pensamiento crítico, recurrir a fantasías de conspiración es una pérdida de tiempo. Un derroche.



PD: Las fotos pertenecen a una controvertida serie del artista canadiense Jonathan Hobin. Sobre el 11S en Vanity Fair publicaron algunas fotografías inusuales que merece la pena ver también.

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