martes, 20 de diciembre de 2011

Castigo de cera


La semana pasada en Francia se juzgó y condenó por primera vez en mucho tiempo a un jefe de Estado, al expresidente Jacques Chirac. En España tal situación resulta inconcebible, primero porque la persona del rey, como dicta la Constitución, es inviolable; pero además porque al resto de personas que componen la familia real hasta ahora la pena más dura que se les ha impuesto ha sido que se trasladen sus figuras de sala en el museo de cera de Madrid. Le pasó primero a Jaime de Marichalar con su suspensión temporal de la convivencia que luego terminó en divorcio sin que la Iglesia Católica dijera ni mu, a pesar de que los reyes mantienen todos los ritos posibles del culto, incluso los de incluir crucifijos en las tomas de posesión de los ministros de un gobierno aconfesional como el que se nos presume. Mucho más serio es el caso del otro cuñado, Iñaki Urdangarín, a punto de ser imputado por las relaciones de su Instituto Noos con el caso Palma Arena y que amenaza con llevarse por delante el prestigio de toda la Corona. Para más inri (y eso lo pueden leer en los crucifijos que les ponen para jurar a los ministros) ahora se ha sabido que la Casa Real conocía desde hace años todas estas irregularidades y que de allí partió el consejo de que Urdangarín se fuera a vivir a Washington, algo que se parece demasiado al encubrimiento; no sé qué dirá la Constitución al respecto. Visto así, el castigo del museo es muy descriptivo. Dar cera es una expresión que usamos coloquialmente lo mismo como sinónimo de adular que de maltratar. Parece que en altas instancias es todo lo que les preocupa y que dónde está nuestro dinero es lo de menos.

No para cualquiera (20-12-11)

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