martes, 17 de enero de 2012

Pasado por escribir


Dice Zizek que no solo el futuro está por construir; en buena medida también el pasado va cambiando a medida que se despliega el presente. Acontecimientos que, en su momento, pasaron desapercibidos pueden cobrar mucho después enorme relevancia por sus consecuencias; escritos, pensamientos o autores que en su tiempo parecían fuera de lugar se revelan de pronto, no tanto como proféticos, sino como origen de lo que sucede ahora. Otra cosa, por supuesto, es lo que se suele llamar reescribir la historia para acomodarla a nuestra conveniencia.

Con la muerte de Fraga se han despertado dos discursos contradictorios y difíciles de conciliar. Uno es una hagiografía repelente que resume al personaje como un avanzado demócrata que logró civilizar a la derecha española; y el otro es el pliego de cargos --algunos para muy pocas bromas-- de quien fuera una figura relevante de los gobiernos de la dictadura y de la que, realmente, nunca renegó. Ya veremos cuál de los dos, o qué mezcla de ambos, queda para la posteridad; apuesto a que a corto plazo y en el contexto político actual, ganará la primera. España es de siempre un país fascinado por los muertos, y su presencia fantasmal impresiona a los vivos que los reverencian cuando dan su último aliento. A la parte crítica con Fraga se le va a achacar querer ser rácana con su trascendencia en el paso de la tiranía a la democracia. Pero precisamente ahí está la cuestión, que hablamos de una tiranía, objetivamente peor y más malvada que el régimen actual; y que no se logró tanto por concesiones graciosas de sus jerarcas sino por el enorme sacrificio de sus opositores. No están al mismo nivel, no es justo.


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