domingo, 25 de marzo de 2012

Las razones de Marx


Hubo un tiempo en que mucha gente se tomó muy en serio la idea de que había llegado el día final del capitalismo. Fue durante otra crisis, la que siguió al Crack de 1929; y se la tomaron muy en serio gentes de todo el arco ideológico. Desde luego, lo hicieron los soviéticos que pocos años antes habían logrado hacer triunfar y afianzar su revolución en Rusia, pero también muchísimos capitalistas en Europa que, presas del pánico, optaron por apoyar como dique de contención contrarrevolucionario a los fascismos, muy especialmente en Italia, Alemania y, con los componentes particulares del nacionalcatolicismo franquista, también en España.

Las diferencias entre la crisis del 29 y la del presente son varias, pero una de ellas es que el capitalismo no solo no se ha visto resentido por su fracaso sino que ha salido más triunfante todavía y se permite el lujo de dictar a los gobiernos que cubrieron con dinero público sus agujeros, las políticas que han de seguir para “calmar a los mercados”; como los monstruos mitológicos, exigen “sacrificios” --especialmente en materia de sanidad y educación”-- para frenar sus ataques especulativos. Es así porque la apariencia es que no hay ninguna alternativa viable al capitalismo, de hecho, el capitalismo se cuida mucho desde hace tiempo de usar ese término porque de lo que se trata es de hacer pasar como algo natural, el sistema lógico y normal, lo que en realidad es una opción ideológica.

Ante este panorama es con el que el británico Terry Eagleton se lanza a rebatir una a una diez de las más comunes críticas al marxismo en los otros tantos capítulos que componen su libro Por qué Marx tenía razón (Península). Se trata de un texto sencillo y que no requiere un conocimiento especial de la teoría marxista ni mucho menos (y afortunadamente) de la terminología y el léxico habitual de los marxistas tradicionales que lograron convertir sus escritos en un dolor para el profano y materia digna de la parodia por su deliberado oscurantismo.
Eagleton comienza por presentarnos a Karl Marx como lo que realmente era, sin duda el mejor y más serio estudioso del funcionamiento y las repercusiones sociales y culturales de la economía capitalista; y también un sincero humanista que, lejos de la idea caricaturesca que suelen presentar sus críticos, deseaba poner el trabajo al servicio del hombre y no al revés. Nadie con dos dedos de frente puede dudar hoy de que el trabajo es una materia más que se pliega a la ley de la oferta y la demanda en el mercado (oficios altamente cualificados tienen salarios altos porque hay pocos capaces de ejercerlos, y viceversa) sin embargo, cada día vemos cómo trata de imponerse la idea de que los empresarios son los creadores de empleo, como si se tratara de una dádiva graciosa que se concede por altruismo.

Los mayores problemas de Eagleton llegan a la hora de responder a las críticas a la crueldad extrema de los regímenes que enarbolaron y aún hoy enarbolan la bandera del comunismo. Cierto es, como dice el autor, que una cosa es Marx y otra muy distinta Stalin (sin duda uno de los mayores criminales de la historia) y también que el teórico alemán dejó por escrito sus muchas dudas de que un país tan atrasado como Rusia pudiera llegar implantar un modelo como el que él preconizaba. Porque lo cierto es que Marx es el mayor crítico del capitalismo pero también uno de los más rigurosos defensores de sus virtudes. Marx anima a las sociedades del XIX a lanzarse a la modernización e industrialización de sus economías como un estadio fundamental para llegar a la, en su opinión, auténtica democracia comunista; solo el sistema productivo del capitalismo (la industria) es capaz de desarrollar tanto excedente como para permitir la satisfacción completa de las necesidades personales de cada individuo sin necesidad de trabajar hasta la extenuación, que es de lo que se trataba toda esta historia en un principio. Porque lo que hace el capital, tal como Marx apunta con razón, es exprimir al máximo la capacidad productiva de una clase en beneficio de otra que se lleva prácticamente todo el beneficio.

El concepto de lucha de clases es abordado por Eagleton en varias ocasiones, tanto para desmentir a quienes aseguran que es una idea superada, como para explicar que la clase oprimida no se limita solo a los obreros industriales de factorías decimonónicas, sino que el propio Marx concibió alianzas con campesinos, comerciantes y lo que pudiera a llegar a ser, no sé si pudiera ser imaginado por Marx, el cuerpo de trabajadores de lo que hoy llamamos sector servicios.

Hay dos ideas claves que plasma el libro de Eagleton y que son muy vigentes para la situación de recesión que hoy atraviesa el mundo y particularmente Europa. A menudo se critica a los regímenes marxista poner los planes económicos (aquellos tochos quinquenales) como fin supremo que arrastra tras de sí las vidas de miles de personas individuales. ¿Qué diferencia hay con nuestra obcecación con los objetivos de déficit, con los ajustes macroeconómicos que se imponen desde Europa? ¿No se sacrifica también la vida, las escuelas, la salud de las personas, por esos números abstractos? La diferencia es que los planes quinquenales los presentaban adustos señores de uniforme y gorra con estrella roja, mientras que los nuestros son defendidos por gente de apariencia más simpática y con corbata o traje pantalón. En la URSS hubo deportaciones masivas de pueblos enteros a lo largo del continente asiático ¿no provoca eso el capitalismo con la huida masiva de la población del Tercer Mundo, los inmigrantes, y su llegada a costa de la propia vida a EEUU o Europa?
Otra acusación, más certera, que se suele hacer a Marx es su calco de la metafísica cristiana, su esperanza de que la historia también tendría su juicio final, que el sistema comunista era inevitable por el derrumbe del capitalismo por sus contradicciones. Bueno, ante ese derrumbe estamos sin que nadie haya dado una respuesta suficientemente tajante. No menos cierto es que esta crisis se acompaña también de una retórica que calca al cristianismo, que propone un relato de buenos (ahorradores) y malos (despilfarradores) bastante injusto en realidad y que como solución solo trae expiación y sufrimiento para llegar algún día, seguramente muy lejano, al paraíso perdido. Paraíso ese, no para todos.



*Este texto es la reseña de Por qué Marx tenía razón, de Terry Eagleton, publicado en el número 23 del cuaderno de cultura dominical de La Voz de Asturias.

2 comentarios:

Patache dijo...

El capitalismo ha empezado a ejercer el totalitarismo.

EnteJuan dijo...

Lejos de mí negar la existencia de atrocidades vergonzosas con Stalin y con otros. Ahora bien, si queremos salir de este mundo en el que estamos nos conviene no conformarnos con constatar hechos incómodos -que ya es un paso- e indagar en ellos para ver pórque se produjeron.

Primera explicación: personalismo. Según esto todo sería cuestión de que el movimiento comunista cayó en manos de individuos malvados. Sin despreciar del todo el factor personal en la historia, parece una razón simplona e insuficiente.

Segunda explicación: la naturaleza. Según esto la cuestión es que la naturaleza de las revoluciones es acabar mal, la naturaleza del poder es tal que convierte los buenos proyectos en catástrofes, la naturaleza del ser humano es perversa irremediablemente (como dice un amigo "la gente es mierda"). Este razonamiento ya tiene más chicha, pero dejaría por explicar porque la situación fue peor algunas veces que otras y sobre todo no nos daría una guía para evitar esos males en el futuro.

Tercera explicación: acción-reacción. Este razonamiento llama la atención sobre el hecho de que los países del "socialismo real" se vieron sometidos desde el principio a acoso y ataque, lo cual facilitaría la escalada represiva por parte de estos regímenes. En ese sentido conviene recordar la salvaje intervención internacional de todas las grandes potencias del momento en la Guerra Civil Rusa. Ante todo hay que aclarar que esta argumentación no tiene por qué eximir de sus crímenes a los que efectivamente los cometieran.

En todo caso creo que, criticando todo lo criticable, pienso que sería un error tirar a la basura toda experiencia toda experiencia de aplicación del marxismo como intrínsecamente traidora de la intención de Marx e intrínsecamente totalitaria sin matices de principio a fin. No se ha de olvidar que dentro de esos regímenes además de existir una represaliada oposición anticomunista, existió también una, digamos, "disidencia comunista al comunismo", que quería virar el sistema para hacerlo más "humano". Obviamente de esto no se habla porque no interesa. Además dentro de la crítica o el rechazo habría que distinguir niveles: aunque la Cuba actual no sea el paraíso de las libertades ni el mundo ideal, poner su situación a un nivel igual o siquiera similar al del estalinismo de los años 30 es manipular la realidad.

Un saludo.