sábado, 24 de marzo de 2012

Los héroes


Decía Albert Camus que la primera tarea del periodista es reconocer el totalitarismo y denunciarlo. Bien dicho está, porque cada día es más obvio que a mucha gente le cuesta mucho reconocerlo; más cuando se suele asimilar a una estética de uniformes, botas y correajes que hace tiempo que no se corresponde con la realidad; porque quienes hoy defienden propuestas autoritarias se cuidan mucho de elegir otra indumentaria que no sea la del traje y corbata y la única concesión debe estar en los gemelos de los puños de la camisa.

Cualquier opción política cuya propuesta se limite a la fe que hay que tener en un único individuo, al que se le suponen dotes excepcionales, que afirma que por sí solo se basta, sin necesidad de plantear para el gobierno un equipo formado o con un programa más o menos claro, es un peligro para la democracia. Porque este sistema se basa el trabajo colectivo de muchas personas, porque confía en la comunidad y sabe que, si bien cada uno de sus miembros es valioso, nadie resulta imprescindible. Los guías extraordinarios no existen, no hay tales héroes. O más bien, sí que hay personas excepcionales pero suelen sumar a esa virtud la de la modestia y suelen cumplir con su trabajo sin aspavientos mientras los demás los miramos maravillados. El héroe, y es así desde la antigua Grecia, nunca elige su destino; es más, trata de resistirse a él por todos los medios, quisiera llevar una vida normal, comer uvas y yacer con Penélope en Ítaca, pero las circunstancias le empujan a cumplir una odisea. No se engañen, el que aparece autoproclamándose como un héroe, diciendo que ha sido elegido por los hados, es un fraude. Esta gente tiene solo una virtud y es que despiertan a los verdaderos héroes, lo que nunca querrían haberse visto en esta situación y que, de pronto, se han visto empujados a batallar con un monstruo.


No para cualquiera (24-03-12)

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