lunes, 23 de abril de 2012

Cuento de la voz callada




Se pueden coger estrellas separadas por millones de años luz para juntarlas en una constelación y ya tenemos una historia. Yo nací el día en el que salió el primer número de El País; y además mi superhéroe favorito era Superman. Me gusta pensar que por un motivo tan elaborado como el de Bill en Kill Bill pero mi madre siempre dijo que lo que me gustaría ser en realidad era Clark Kent, porque era periodista. Y eso hice.

La carrera la hice en Salamanca, que no da a cualquiera lo que no le dio la naturaleza, pero el oficio me lo dio La Voz de Asturias. Allí aprendí a pulir adjetivos en los textos y que el arte de titular a lo que más se parece es al tetris porque, por encima de un ejercicio de estilo, hay que encuadrar unas letras en un espacio muy ajustado. Lo hice con muy buenos compañeros, tantos que no quiero dejar de decir ninguno por contar alguno. He pasado muchos días sin poder escribir de esto. A aquel guaje resabiado le enseñaron lo que hay en la sección de Sociedad y Cultura de la La Voz. Entre escritores, cantantes, bailarines, actores, cineastas, cualquier premiado de la fundación del príncipe (algo que jamás podré agradecer lo suficiente porque me dio la oportunidad de charlar un rato con alguna de la gente más interesante del mundo; otros no) y mucha más gente normal, le pude echar un buen vistazo a este trozo escarpado del mundo que llamamos Asturias.

En Asturias hay muchas cosas que son tres. Es que es un número mágico, hay tres grandes variedades dialectales de la lengua asturiana y casi coinciden en sus fronteras con las de las tres grandes tribus astures de los tiempos remotos, Luggones, Pésicos y Albiones. El parlamento asturiano se reparte casi siempre entre tres partidos y cuando no es así no pasa nada, tratamos de acomodarnos igual pero siempre nos parece que la silla cojea en algún lado. Y nada mejor que el papel de un periódico para hacerle una cuña que lo estabilice todo. Asturias tenía tres diarios y ahora, con un parlamento con cinco patas, tiene que mirarlo desde un asiento de dos. 89 años da para una historia muy larga pero en papel se le puede poner punto y final. Lo hice yo con la última columna de la última página del último número de La Voz. Es mi peculiar kryptonita en este cuento pero la verdad es que callar esa voz es callar la muchos paisanos.

Yo aprendí en La Voz a contar historias pero era mucho mejor contarlas allí.


No para cualquiera

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