sábado, 5 de mayo de 2012

Política del potlatch

El antropólogo Marvin Harris le dedicó un capítulo al potlatch en su célebre libro Vacas, cerdos, guerras y brujas, obra que explica muy bien cómo hasta los fenómenos culturales más excéntricos tienen una razón económica. El potlatch llamó la atención en el siglo XIX por la destrucción masiva de bienes para ganar prestigio, aunque como bien apunta Harris, se trataba por entonces de un rito desvirtuado por las relaciones con el hombre blanco. En un inicio, las tribus indias ofrecían grandes regalos para eliminar el excedente propio de una economía de cazadores-recolectores. Con el comercio moderno se llegaron a acumular tal número de pieles, canoas y hasta viviendas que continuar con esta práctica se llevaba al absurdo.

También nosotros hemos llegado a límites ridículos en nuestro particular potlatch de duda soberana. Como los grandes jefes descritos por Harris que trataban de atraer seguidores con la quema masiva de productos, nosotros llevamos años tratando de ganar prestigio ante los mercados con la aniquilación de nuestros tesoros, tan duramente ganados; y que no son otros que los sistemas públicos de sanidad y educación.

Esto es algo que hemos comentado varias veces, pero la espiral del potlatch ha llegado a todos los niveles, y así se explica que se inicie, a veces, una carrera por aparecer como el más austero que termina siendo sonrojante. Un caso evidente es la portada de hoy de La Razón que presume de presidente ahorrador, tanto que se lleva la comida en un "tupper" en las escapadas de fin de semana.



El recurso de la fiambrera, obviamente, es excelente para las personas que pasan apuros de verdad. En el caso de un presidente del Gobierno es ridículo. Más si tenemos en cuenta que, al no consumir en la hostelería de la zona donde celebró su asueto, no ha creado riqueza, ni facilitado la creación de empleo. Puestos a hacer demagogia hagámosla bien.


Otro ejemplo lo tenemos en Asturias donde ayer los grupos parlamentarios llegaron a un acuerdo sobre la reducción de gastos. En total, aseguran, supondrá un ahorro de 400.000 euros. Una cifra ridícula también si tenemos en cuenta el nivel de gastos de una cámara de representantes. Ese ajuste supondrá el despido de cuatro conductores, los de los coches oficiales, de los partidos con representación en la Junta. Oh sí, decir coche oficial hoy en día es un tabú, es el despilfarro por antonomasia. Pero merecería la pena mirar con detalle todos los anuncios de gobernantes que se jactan de reducir tal parque móvil porque, en la letra pequeña, se ve con demasiada frecuencia que no se trataba de limusinas de diputados, sino de ambulancias, camiones de bomberos o furgonetas de guardas forestales. Unas sirven para trasladar enfermos y otras para prevenir o apagar incendios, pero cuidadosamente se las suele incluir en la denominación de "coche oficial" cuyo potlatch agrada mucho al público actual. No es el caso de los cuatro coches del parlamento asturiano que ayer fueron señalados. Esos sí eran coches oficiales, ya estaban pagados, ahora habrá que venderlos. Se ahorrarán 400.000 euros, apenas nada. Cuatro personas más se irán al paro.

Pero mira que fascinantes son las llamas.

1 comentario:

Adolfo dijo...

Enorme. Como siempre.