sábado, 15 de septiembre de 2012

Instrumentos de estado




A finales del siglo XVIII comenzó una mutación cultural y política que, después de muchas revoluciones y reacciones, victorias y derrotas; terminó con el Antiguo Régimen de reinos regidos por familias reales y alumbró un nuevo mundo de estados-nación que se configuraban a veces sobre grupos étnicos pero más frecuentemente en torno a una lengua. El auge del conflicto entre estados-nación llegó con la I Guerra Mundial, la II tuvo en mucha mayor medida un carácter de confrontación también ideológica y; sin embargo, como explica Tony Judt en Postguerra, paradójicamente fue la política racista de Hitler la que tendió a asentar por primera vez de forma real en Europa estados plenamente identificados con los pueblos que decían trascender. Hasta bien entrados los años 30, además de judíos repartidos por casi toda centro Europa, había alemanes viviendo con polacos, húngaros con austriacos; además de millones de muertes, la II Guerra Mundial provocó millones de desplazamientos de personas que, al terminar la guerra, no volvieron a sus hogares de origen sino a Alemania si hablaban alemán y a Hungría si hablaban magiar. El caso más singular es Israel por ser un estado que nace de forma indudable ligado a la redención del holocausto nazi y que se asienta sobre un libro escrito hace 5000 años para reclamar su territorio como si en todo ese tiempo no hubiera llegado más gente por el lugar.

La Guerra Fría, aunque apoyada en super-estados, fue la apoteosis del conflicto ideológico y tras el derrumbe soviético se especuló con el paso a un mundo unipolar por unos siglos, quizá multipolar con EEUU contra "civilizaciones" o quizá con una nueva repartición del globo en dos bloques ahora con China frente a EEUU. Pero el tiempo de los estados nación ya ha pasado y lo que les planta batalla a todos ellos no son otros estados (aun regidos no por pueblos sino por partidos) sino un nuevo poder transnacional que utiliza un instrumento de sometimiento más efectivo que los ejércitos y es la economía. Descaradamente admitimos que desde los gobiernos diseñamos nuestros planes económicos para "calmar a los mercados" no, qué sé yo, para buscar el bien de la comunidad. En España la derrota del estado es tan devastadora que los dos principales partidos en el gobierno han debido tragarse todos sus programas electorales para cumplir con los mandatos del leviatán de mano invisible. Poderes no electos por las urnas y de interés privado se imponen a lo que puedan elegir los parlamentos. Es una mutación cultural como la que se vivió hace 200 años en la que frente a los reyes se alzó "el pueblo" (the people, en inglés) mientras que hoy en Estados Unidos se llega a defender que las corporaciones son gente (corporation are people too).

En esto pensaba al ver las reacciones a uno y otro lado al hilo de la gran manifestación por la independencia celebrada en Cataluña la pasada semana. Entre los patrioteros rancios que tratan de convencer al público de que eso de la indendencia lo piden cuatro así que cuando salen a la calle y se ve que son más trata de que no se vea demasiado en la televisión; también entre los nacionalistas más recalcitrantes que tienen también una visión distorsionada de España que conjuran con el nombre de "Castilla"; y también (pero menos) los que más coherentemente a la izquierda defienden que los problemas de clase, y no los de naciones, son los relevantes. Fue cuando, al fin, el president de la Generalitat, Artur Mas dio con la clave que me convenció y ofreció una declaración que a mí me pareció el diagnóstico más certero. Cuando Mas sentenció que los catalanes necesitan "instrumentos de Estado". Exactamente, eso es lo que necesitamos, no solo los catalanes sino todos los demás. A mí me hace falta urgentemente instrumentos de estado porque veo que los que pudieran usar tales herramientas no se atreven o no saben cómo hacerlo.Y la verdad, Mas ha demostrado que no es precisamente alguien de quien pensar que pueda hacerlo.


Ocurre que el estado-nación está agotado y sinceramente no creo que un estado catalán, encantado de ser homogéneo, pudiera hacer nada frente a los hegemones privados de este tiempo. No me tomen por un jacobino centralista mesetario. Tampoco creo que la España actual como estado pueda hacer nada por su cuenta, sola no sirve para nada. Es curioso que la primera democracia contemporánea, Estados Unidos de América, se formara precisamente en una serie de colonias, con habitantes reclutados entre los herejes y disidentes del pueblo original, que formó un estado moderno sin nación, --aunque se esforzó mucho en sus 200 años en consolidarla-- pero sobre ninguna etnia concreta (aunque con graves conflictos racistas). La primera bandera de EEUU era una serpiente bajo el lema "no me pises", solo tiempo después se dio sus barras y estrellas, una por estado en la unión.

Como los catalanes que dice Mas, también nosotros necesitamos instrumentos de estado, no solo ahí, y en toda España, sino en Europa. Un estado más vital que el apoyado en etnias reunidas o en una sola lengua; es Europa y los que la pueblan aquí y ahora la que tiene necesidad de instrumentos de estado. Europa ya ha cosido estrellas a su bandera sin haberse atrevido primero a ser una serpiente amenazadora para los que quieran pisotearla. Las banderas, en realidad, importan muy poco.

El pasaje que más me emocionó en Soldados de Salamina, es cuando el miliciano republicano derrotado, que languidece en las playas de Francia se alista en las tropas de la Francia Libre para combatir en África a los nazis. En un momento, el narrador los describe atravesando las dunas del desierto, hombres de muchas razas que no hablan una sola lengua, sí comparten la bandera tricolor que entonces ya no es solo la de Francia sino "la de la civilización".



 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me parece un buen artículo. Creo que lo que viene, sin embargo, pilla a la gente muy desorientada (también acobardada, no hay más que ver los Desayunos). Creo que el Estado, de un modo u otro, va a cambiar, la cuestión es el cómo, por quién y para qué.

Anónimo dijo...

Se te olvidó el instrumento más importante, el origen del malestar, el dinero. Vosotros,periodistas, 4º poder, que estábais, o por lo menos, dábais la impresión, en primera línea, seguro que podríais responder, si quisiérais, a muchas preguntas. Ahora, lo que queda ya no es discutir sobre si son galgos o podencos, sino ladrar a destiempo para la mayoría, no así los listos, más prevenidos y aprovechados, los pícaros de toda la vida o historia del país. Seguro que entre vosotros también debe de haber. En otro sentido, yo no conozco a Cascos y seguro que tiene tics autoritarios inconfundibles, pero ¿quién sino? Se necesita gente que actúe, que rompa el nudo gordiano, no que se quede a verlas venir, porque vienen mal dadas. No se necesitaba el Niemeyer, sino viviendas sociales. Lo del Festival de Cine de Gijón, sí, una vergüenza. Lo de los libros de texto, una estafa, algo innecesario, resposabilidad de autoridades educativas y gobiernos sucesivos. La desorganización, o sea, por qué se hacen las cosas y para qué, impresionante. Y algunos de vosotros, calláis cuando tenéis que hablar y habláis cuando tenéis que callar. Vamos a ser todos Boabdiles. No siempre se va a mejor, la cuesta hacia abajo es empinada y no se ve bien el fondo. De hecho, los mejores análisis para nosotros, el vulgo, (aunque no siempre) me parecen los de mi odiado Fernando Sánchez Dragó. Sobre revoluciones, cuando hay poco que repartir, se quedan en lo que fue alguna que leí de literatura mesoamericana, sangre y miseria, (esto te lo dice la nieta de un revolucionario del 34). Hubo un movimiento obrero, pero también un Plan Marshall. Y voluntad. Y ya no somos ni proletarios. No nos necesitan. Tampoco occidente es ya el ombligo del mundo, mucho menos, Europa. A los que no robamos (por lo menos, todavía), sólo nos queda el consuelo de desear a los que sí lo hicieron, que lo gasten en medicamentos o vicios, lo cual es muy posible que se cumpla, porque hay leyes no escritas. Y, muchas veces, lo que se ve por fuera tiene poco que ver con lo que hay por dentro.