domingo, 18 de noviembre de 2012

Comer madera


 Foto de Txema Rodríguez



A menudo suelo burlarme de esa tesis tan extendida de la reconciliación nacional de la Transición, con todo el mundo muy comprometido, preguntándo dónde estaban los liberales y conservadores que se opusieron al franquismo porque lo cierto es que el peso prácticamente total de la resistencia a la dictadura recayó en organizaciones de izquierdas. Tengo que matizarlo, claro que hubo liberales conservadores que sufrieron cárcel y torturas por su oposición a Franco. Uno de ellos fue Jordi Pujol. Un periódico español del exilio recogía así su detención:



Otro matiz es que Pujol no sufrió el encarcelamiento realmente por sus ideas liberal-conservadoras, sino por ser nacionalista catalán. Es un episodio que conozco bien porque Pujol lo relata en el primer tomo de sus memorias, un suceso en el que se nota el dolor del recuerdo porque no quiere entrar en detalles y del que, además, explica que cambió su carácter. Lo conozco bien porque yo presenté ese tomo de memorias el año 2008 en LibrOviedo; y después del acto nos fuimos a cenar. Solo se trata de una anécdota, pero llegados a este punto de la campaña de las elecciones catalanas, con una apuesta zigzagueante de CiU por el soberanismo y en medio de esta gran depresión económica, puede tener algún interés. No hablaré aquí hoy de las acusaciones pubicadas en El Mundo sobre que tanto Pujol como Mas podrían tener cuentas en Suiza (que tienen pinta de abrir una guerra mediática), ni tampoco sobre mi idea, ya repetida, de que en realidad las aspiraciones de soberanismo tienen muy poco sentido, no ya dentro de una UE que se prepara para controlar los presupuestos elaboraborados por los estados miembros, sino en un mundo como el actual en el que el estado-nación ha sido derrotado por la atronadora potencia del mercado globalizado. Qué va, lo interesante es el relato gastronómico.


Por supuesto en esa cena hablamos de cuestiones políticas. Hacia 2008 todavía había más temas de conversación que la crisis económica y, de camino al restaurante, le conté a Pujol que, tres años antes había entrevistado a Giovanni Sartori y me había hecho un comentario que a mí me pareció tronchante sobre el laicismo del estado (del que Sartori fue un gran defensor durante su estancia en Oviedo para recoger el Prémio Príncipe de Asturias); decía el profesor que era una lástima para Italia que el Papa no se hubiera quedado en Aviñón en el siglo XVI y hubiera vuelto a Roma porque la iglesia se inmiscuía demasiado fácilmente en la vida política del estado italiano desde el Vaticano. A Pujol no le hizo ninguna gracia y me hizo una encendida defensa de todo eso que ha venido en llamarse las raíces cristianas de Europa y que no suele ser más que teocracia mal disimulada.

También le pregunté, ya en la sobremesa, sobre sus relaciones con los distintos presidentes españoles; por supuesto con grato recuerdo de Suárez (digo por supuesto porque es un lugar común de nuestro tiempo), nada sobre Calvo Sotelo (que no dio tiempo), de su mala relación inicial con Felipe González que acabó siendo mejor; el camino inverso con Aznar con quien empezó bien pero terminó mal, y su muy mala opinión sobre Zapatero, que acababa de lograr su segundo mandato. Ambos coincidimos en que su primera legislatura había sido un tiempo feroz por culpa del Partido Popular. Pero esto no tiene tampoco nada de novedoso.

Fue el recuerdo de lo que comimos y bebimos esa noche lo que me ha llevado a escribir esta entrada sobre el debate de la identidad, que es en buena manera, de lo que se dice que se habla cuando se ha abierto la discusión soberanista en Cataluña. Para elegir vino, Pujol preguntó en un primer momento por los caldos propios de Asturias, algo que yo le desaconsejé vehemente. Y es que, aunque yo creo (hasta que alguien me dé a probar algo que me demuestre lo contrario) que la sidra asturiana es la mejor del orbe, no creo que los vinos que aquí se cultivan hayan llegado al grado de madurez suficiente para ser recomendados. Todo llegará, seguro, pero todavía no. Y es que el paladar, como ya disfruta el capital, no debería tener patria.

Uno de los platos de esa cena era a base de setas, producto del que yo disfruto con más pasión que los hobbits, y aproveché para elogiarle al president la larga tradición de cocina micológica que hay en Cataluña frente a la nula de Asturias, donde no se comieron setas de forma popular hasta el siglo XX porque la tradición las asociaba a diaños y malas artes; vamos, que el terror al veneno había sobrepasado a la curiosidad por conocer cuáles eran las comestibles. Pujol señaló que era verdad ese amor catalán ancestral por las setas pero se reía jocoso porque en su casa se decía a veces que, al fin y al cabo, comer setas era comer madera.

Le he dado muchas vueltas a ese comentario durante estos años. Porque las setas no son madera. Están en su propio reino, Fungi, distinto del de las plantas, animales, y bacterias. Por supuesto, a simple vista, podría parecer que las setas son plantas, porque crecen del suelo y no se mueven, pero eso es un prejuicio.Y los prejuicios son lo que define demasiado los debates identitarios. Con razón los nacionalistas catalanes claman a menudo contra el centralismo mesetario que ha pretendido avasallar a la periferia muchas veces a lo largo de la historia; también ellos reproducen una idea de España primitiva e inquisitorial que no se corresponde con la realidad. Unos y otros pretenden hacernos creer a menudo que la propuesta del de enfrente se reduce a mascar áspera y dura madera; cuando quizá haya una tercera opción que no se corresponde a los encasillados reinos de plantas y animales. Que necesita una definición nueva. ¿Puede ser ya la identidad nacional lo que realmente nos define?

Y vuelvo al inicio. Ninguna de las ideas conservadoras y liberales del joven Pujol le hubieran llevado a la cárcel en la dictadura de no ser porque las defendía para una nación propia, separada, del leviatán nacional-católico de Franco. ¿Serviría para algo la consecución de un estado propio en un mundo en el que el leviatán ahora es global y liberal conservador y devora uno a uno a los estados? ¿ese leviatán que, esta vez sí, a todos nos hace comer madera, a palos?

PD. Otras veces bromeo diciendo que Cataluña quizá sea la primera nación que consiga la independencia de copago. Esto viene al pelo.