jueves, 11 de abril de 2013

Escraches, una perspectiva amoral



En El Rinoceronte de Ionesco, el protagonista se despierta un día y comprueba con horror cómo todos sus vecinos se van convirtiendo poco a poco en ejemplares del ceratomorfo hasta que solo él queda como único ser humano de la población. Esta obra de teatro del absurdo es una evidente parábola del auge del nazismo pero, sin tener que caer continuamente en la ley de Godwin, también nos puede servir para estudiar la, a menudo, infravalorada presión social en la formación de la opinión pública.

Otro clásico --quizá ya superado académicamente, pero que se sigue tomando como referencia-- es la teoría de La espiral del silencio de Noelle-Neuman, a la que también le llovieron críticas por su juventud nazi, porque analiza cómo determinadas ideas pueden dejar de exponerse si el precio en crítica social es demasiado alto. En su libro, la autora describe cómo durante la campaña que le dió la victoria al SPD de Brandt una de sus alumnas decidió hacer el experimento de pasear por la facultad con una chapa en la solapa de apoyo a la CDU. Y no pudo llegar a terminar su recorrido ante las malas miradas; como poco.

He escogido ambos ejemplos también por las referencias al nazismo ya que, cuando los escraches empezaron a repetirse ante sedes y domicilios de diputados o concejales del PP, la primera reacción fue acudir a las analogías con el III Reich, lo hizo Eva Durán y también ahora Sigfrid Soria, éste último con amenaza de "ostia" (sic) si fuera menester.  Ciertamente en España tenemos nuestra peculiar versión de la Ley de Godwin, esto es "todo es ETA", que también se ha usado en este caso, pero eso es otra historia.

O no. El debate de sobre los escraches se ha manifestado en dos terrenos principalmente, el legal y el moral, con dos preguntas ¿es un delito o no acosar en domicilios privados a representantes públicos? y, en todo caso, ¿es una forma lícita de protesta, moral, legítima, buena? Ninguna de las dos preguntas ni sus respuestas me importa mucho, porque no se ha planteado, en mi opinión, la cuestión correcta ¿son útiles, son eficaces?

Urge sobre todo responder a esa pregunta porque las otras son una pérdida de tiempo. Respecto a la legalidad de los escraches se pronunciarán magistrados probablemente en contra, probablemente sin llegar a considerarlos un delito equiparable al holocausto o al terrorismo de ETA como pretende el PP. La otra cuestión, si es moral o no, llega a límites ridículos y llega precisamente por la sobreactuación de los populares ante una protesta que tiene su origen en dramas que son verdaderos, y no sobreactuados, y que no han encontrado una respuesta ni rápida, ni eficaz, ni siquiera mínimamente humana, por parte de los poderes públicos. Es decir, se puede apelar, como hizo ayer Felipe González al bienestar de los inocentes niños de los políticos que sufren este acoso y casi al instante llegará la respuesta de qué pasa con los inocentes hijos de quienes sufren un desahucio y se quedan en la calle. También se destaca que los escraches atentan contra la "inviolabilidad del domicilio", cuando precisamente surgen de la desesperación de personas que se quedan sin techo. En el ámbito legal y en el moral resulta muy difícil lograr entendimiento y más cuando la sensación de impunidad ante delitos (estos sí) de corrupción son cada vez más sangrantes. Ocurre algo así como lo que cuenta esta viñeta de Manel Fontdevilla. Finalmente este gobierno ha llegado a la conclusión de que las cuestiones morales y legales se pueden zanjar con una medida espacial, de distancia: 300 metros. Más o menos.   

Carezco de la formación en derecho mínima para pronunciarme sobre las cualidades legales de los escraches, y las cuestiones sobre su moralidad me resbalan. La cosa, decía, es otra; ¿son eficaces? y ¿para qué? Volvamos al principio. Porque esta protesta se inicia cuando la ILP sobre los desahucios  elaborada por la PAH llega hasta el Congreso y va a debatirse si la cámara la toma en consideración o no. Lo cierto es que los diputados españoles no suelen valorar mucho las iniciativas legislativas populares, no hay precedentes de que vaya a ocurrir. Se llega a prever que todos los grupos de la cámara menos el partido del Gobierno apoyarán ese debate pero ocurre algo sorprendente y es que, finalmente, el PP también decide promover su discusión. Es algo inédito, una victoria sin precedentes de la PAH ante un grupo con mayoría absolutísima pero que tiene el parlamento vallado y un presidente que sólo comparece por circuito cerrado de televisión. No se quiere comer más marrones. Se debatirá. Había un objetivo, llevar la ILP al Congreso y lograr su discusión, se cumple con creces gracias a un apoyo social mayoritario a muchas de las tesis de esa iniciativa. Se ha logrado además de forma inmaculada y legítima. El éxito (y aquí hablo del ámbito de la propaganda) es tan grande que hasta el PP tiene que sumarse al carro. Es un ejemplo de libro de la "espiral del silencio". Pero luego llega un objetivo distinto.

Ahora se trata de aprobar la ILP tal cual llegó redactada al parlamento ¿es eso lícito o legítimo? Lo es desearlo, sin duda, pero la verdad es que ninguna cámara de representantes funciona así, una ley tendrá que discutirse, cambiarse su redacción, modificarse párrafos de determinados artículos. Podría parecerme (y no es el caso) estupendo todo lo que dice la ILP desde su primera a última página y, aún así, no podría querer que todos los grupos del Congresos independientemente de su color político apoyen esa redacción literal. Sencillamente no funciona así. ¿Se trata de conseguir que con los escraches los diputados populares cambien el sentido de su voto? Realmente no va a funcionar ¿para qué se hace entonces? Cuando he preguntado, las respuestas más sinceras han sido las que reconocen que les motiva la pura rabia; ya que tanta gente sufre sin respuesta efectiva, que otros caten siquiera una mínima parte de ese sufrimiento. Muy bien (ya dije que no iba entrar en cuestiones morales) pero eso no tiene nada que ver con ninguno de los objetivos de la ILP. Más bien, en la batalla propagandística, los escraches pueden resultar contraproducentes. Las apelaciones al nazismo o a ETA (¿no acabamos de parafrasear la "socialización del sufrimiento"?) pueden llegar a funcionar a medio plazo, podría llegar un día en que efectivamente un Sigfrid Soria de la vida le meta un hostia a un manifestante y otros concentrados respondan del mismo modo; toda la legitimidad argumental de la protesta pacífica quedará aniquilada en segundos. Y tampoco se habrá logrado ninguno de sus objetivos. Lo resumía muy bien Pedro Rojo en este tuit. ¿Cuál es el verdadero fin de las protestas, el objetivo eficaz? Responda como un humano, no como rinoceronte.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Tienes razón en cuanto a que los escraches no ayudan al objetivo de aprobar la ILP. Pero me parece que si contribuyen a otro objetivo: que se acabe la impunidad de los políticos. La impunidad de las programas confeccionados a sabiendas de que se van a incumplir, la impunidad de los hoteles Palace y de los indultos, la impunidad de las "jubilaciones doradas" en grandes empresas. Que apechugen con las consecuencias de sus actos los que viven del servicio público. Y que por lo menos se les pueda poner la cara colorá